Mi alma salió de mi cuerpo y la misma corporeidad de mi forma perdió los límites en el mismo momento en que tus dedos se hundieron en mi pelo. Mi alma se fue con el miedo de no volver, mis ojos se llenaron de colores que no conocía y mi humanidad se deshizo mientras vos me llevaste a conocer el universo con la sonrisa eterna. Pocos segundos, atemporales, donde el tiempo dejó de ser tiempo y nuestros poros irradiaron verdad.
Tus manos sostuvieron mi cabeza y vos, mi alma. Nuestras auras crecieron e iluminaron la sala que estaba a oscuras. Un silencio profundo fue la música de esa noche, roto por las risas y los susurros, roto por un te amo y la verdad, roto por el ruido del placer.
Mi mente guarda de esa noche, las fotos que la cámara no pudo tomar. La luz a la que nuestras pupilas dilatadas pudieron acostumbrarse, las sábanas desparramadas, las botellas de cerveza, el ambiente enviciado de cigarrillo y olores.
Los cuerpos pesaban de plenitud y de la felicidad de saber que esa noche se repetiría, las veces que queramos. En nuestras retinas.