Me gustan las casas cuya puerta da directamente a la calle. Pasar, que alguien salga o entre y ver. Mirar con atención adentro e imaginar. Inventar. Me gusta la gente que mira a los otros pasar, desde la ventana, el balcón o un banquito en la vereda. Como si dejaran su vida por un rato para observar el mundo. Se detienen a ver esas cosas que nadie ve. Me gusta tu olor y la textura de tu ropa. Me gusta leer la página del libro que está leyendo quien está junto a mí. Mirar a los ojos. Descubrir música. Viajar. Y soñar con viajar. Con vos. Mirar el cielo, mirar el mar. Me gusta escuchar voces en departamentos vecinos. Y conversaciones. Me gusta -aunque reniego- enamorarme literal y metafóricamente. Me gusta mirar la mirada perdida de las personas cuando viajan en transporte público. Me gusta, cuando escribo, mirar por la ventana cuando pienso. Me gusta tener la tele de fondo. Me gustan las ferias americanas. El olor de la ropa. Me gusta dormirme en tu hombro y que me dejes, que me mires. Me gusta escuchar una voz después de mucho tiempo. Me gusta que me aprieten las uñas. Que me regalen un beso o que me lo roben. Me gusta hacerme un bollo en el sillón. Y un bollo en tus brazos. Me gusta bailar todo. Cualquier cosa. Mirarme los pies. Planificar y destruir mis planes. Me gusta acariciarte la cara. Y acostarme arriba tuyo. Sin ropa. Me gusta mi cama. El color de mi pared. Me gusta escribir. Me gusta el olor a libro viejo. Me gusta la cerveza. Me gusta hacer listas de cosas. Me gusta leer. Pero me gusta más que me leas. O leer juntos. Me gusta la idea de muchas cosas que no son. Y de las que son. Me gusta pensar qué hay en las mochilas ajenas. Carteras. Bolsos. Bolsillos. Me gusta ver besos. Y abrazos. Darlos y recibirlos. Me gustan los muebles viejos. El palo santo. Los posters. La música francesa. Me gusta ver como miran lo hijos a sus mamás. Me gusta como me agarrás la cara. Y tus manos. Me gustan las manos manchadas de tinta de pluma. Esas manos que ya casi no se ven. O manchadas de pintura. Me gusta la ropa gastada. Me gustan las libretas. Me gusta hacerte reír aunque no quieras. Me gustan las sorpresas. Me gusta juntar revistas. Me gusta perderme en una foto. Y en tus ojos.
Escribo ficción. Por lo tanto los hechos y personajes son ficticios, cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia.
lunes, 11 de noviembre de 2013
No la quiere, para nada
Si tienes un hondo penar.
Ella canta en el colectivo que va por alguna calle sombría de Boedo. Bajo unos grandes rulos se esconde una boca muy roja que canta.
Piensa en mí.
Rulos grandes y pelo corto colorado. Corto por arriba de los hombros. Nariz y pera punteagudas. Boca muy fina. Casi fea.
Si tienes ganas de llorar
Está sentada en el asiento de uno junto a la ventana y mira a través de ella. Canta. No hay mucha gente pero tampoco nadie la mira. El colectivero da una mirada en los semáforos por el espejo retrovisor. Ella piensa en el abandono.
Piensa en mí
Se le corre una lágrima y arrastra con ella el denso delineador que enmarcaba sus ojos turquesa.
Ya ves que venero tu imagen divina
No sabe a dónde va. Quizás ya pasó su parada. Piensa en nada.
Tu párvula boca
Tiene un vestido rojo, corto y medias finas color piel, rotas. Está descalza y sus tacos azules descansan arriba de sus piernas junto a su cartera. Piensa en él. En su boca.
Que siendo tan niña, me enseño a pecar.
Su cabeza descansa en la ventana. Está un poco húmeda porque afuera llueve. Piensa en las gotas de lluvia. Que se revientan y se resbalan por el vidrio. Piensa que la dejó, la abandonó.
Piensa en mí, cuando sufras
Esa lágrima que corrió un poco su maquillaje, fue solo la primera de muchas otras que borraron su delineador. Llora sin ruido. Como resignada. Tiene la vista nublada. Se quiere bajar. Se baja y camina.
Cuando llores también piensa en mí
Camina descalza sobre la lluvia y bajo la lluvia. Los zapatos en la mano. No piensa en sus pies. Piensa en los de él, ¿dónde estarán sus pies? Y sus manos, su piel y sus ojos negros. Camina sin ver, sin oir, sin sentir más que dolor.
Cuando quieras quitarme la vida
Camina sin rumbo en la noche de Buenos Aires, en las calles de Boedo, hasta que, ahora, sus rulos de aplastan y nada en ella está seco. Ni su ropa. Ni su cuerpo. Porque nada de lo que lleva puesto su alma le importa.
No la quiero, para nada
No le sirve. Para nada, sin él.
Ella canta en el colectivo que va por alguna calle sombría de Boedo. Bajo unos grandes rulos se esconde una boca muy roja que canta.
Piensa en mí.
Rulos grandes y pelo corto colorado. Corto por arriba de los hombros. Nariz y pera punteagudas. Boca muy fina. Casi fea.
Si tienes ganas de llorar
Está sentada en el asiento de uno junto a la ventana y mira a través de ella. Canta. No hay mucha gente pero tampoco nadie la mira. El colectivero da una mirada en los semáforos por el espejo retrovisor. Ella piensa en el abandono.
Piensa en mí
Se le corre una lágrima y arrastra con ella el denso delineador que enmarcaba sus ojos turquesa.
Ya ves que venero tu imagen divina
No sabe a dónde va. Quizás ya pasó su parada. Piensa en nada.
Tu párvula boca
Tiene un vestido rojo, corto y medias finas color piel, rotas. Está descalza y sus tacos azules descansan arriba de sus piernas junto a su cartera. Piensa en él. En su boca.
Que siendo tan niña, me enseño a pecar.
Su cabeza descansa en la ventana. Está un poco húmeda porque afuera llueve. Piensa en las gotas de lluvia. Que se revientan y se resbalan por el vidrio. Piensa que la dejó, la abandonó.
Piensa en mí, cuando sufras
Esa lágrima que corrió un poco su maquillaje, fue solo la primera de muchas otras que borraron su delineador. Llora sin ruido. Como resignada. Tiene la vista nublada. Se quiere bajar. Se baja y camina.
Cuando llores también piensa en mí
Camina descalza sobre la lluvia y bajo la lluvia. Los zapatos en la mano. No piensa en sus pies. Piensa en los de él, ¿dónde estarán sus pies? Y sus manos, su piel y sus ojos negros. Camina sin ver, sin oir, sin sentir más que dolor.
Cuando quieras quitarme la vida
Camina sin rumbo en la noche de Buenos Aires, en las calles de Boedo, hasta que, ahora, sus rulos de aplastan y nada en ella está seco. Ni su ropa. Ni su cuerpo. Porque nada de lo que lleva puesto su alma le importa.
No la quiero, para nada
No le sirve. Para nada, sin él.
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