Agobiado. Presionado. Deprimido. Exhausto. Triste. Agotado. Furioso. Cuántas cosas pueden sentirse al mismo tiempo.
Está solo en su casa, no vive solo pero ahora no hay nadie en casa al menos por un rato. Es un departamento muy grande que siempre está lleno de gente y cuando está vacío los espacios se hacen más grandes y las sombras parecen más oscuras. El viento hace ruido en las ventanas, las puertas se golpean más de lo normal y cualquier conversación parece no tener sentido sin un interlocutor. Cuando no hay nadie más que él no se come en la mesa. Él acababa de cenar pizza recalentada. Ahí estaban los platos, arriba de la mesa de luz. La botella de cerveza en el piso de madera. Cuando vuelva la gente a la casa le van a recordar una vez más que el piso se mancha, que cuide lo que hace. Pero para eso falta, falta mucho. Acaba de tomar una decisión que no tiene vuelta atrás. De la que no se puede arrepentir jamás. De la que no puede pedir perdón, pedirse perdón.
No es un pibe de llorar, nadie debe haberlo visto llorar de mayor. Y ahora tampoco llora eh. Una de sus hermanas se enoja por eso. Le dice que no tiene corazón. Pero sí lo tiene, sólo que no llora, nada más. Tiene los lagrimales secos, dice la madre, que le compra lágrimas artificiales porque le ve los ojos siempre irritados. Del clima, dice él. Y le creen.
Son las tres de la mañana, pasadas. La casa está oscura. Las persianas están bajas. Se levanta de la cama con tranquilidad y se acerca a la ventana para levantar la cortina de enrollar. El cuarto se va iluminando de a poco con la luz de la calle que se cuela por las hendijas de la cortina. La levanta del todo, hasta ese punto que se traba y quizás cueste bajarla después. Es pleno invierno y son las tres de la mañana, pero él abre la ventana. Está en boxer, y el viento que entra le hiela la piel pero no se inmuta, parece no sentirlo porque tiene un millón de cosas que sentir...Las hojas de la ventana están abiertas de par en par y el viento las golpea contra las paredes.
Se trepa a la ventana. Se empuja con el pie derecho en una mesa ratona y pasa la pierna izquierda sobre el marco de la ventana, luego la derecha, apoya el culo y se acomoda. Diez pisos.
No lo piensa, lo hace: Se empuja y cae. Diez pisos. Despierto, consciente. Se acuerda de cuando era chico y se trepaba a las ventanas: su hermanita lloraba y su madre lo bajaba de las orejas. Siente el viento ahora más fuerte y este sí le hiela la sangre porque ya se olvidó todo lo que pensaba y ahora piensa en la vida. En veinte segundos piensa en la vida y se arrepiente de haberse soltado.
La sirena de la ambulancia despierta a los vecinos y los llantos de la madre despiertan al barrio. Empieza a llover como si hubiera llovido en meses. La madre y las dos hijas están tiradas en el suelo abrazando al cuerpo muerto. No sienten la lluvia porque tienen un millón de cosas que sentir.