Escribo ficción. Por lo tanto los hechos y personajes son ficticios, cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Diez pisos

Agobiado. Presionado. Deprimido. Exhausto. Triste. Agotado. Furioso. Cuántas cosas pueden sentirse al mismo tiempo. 
Está solo en su casa, no vive solo pero ahora no hay nadie en casa al menos por un rato. Es un departamento muy grande que siempre está lleno de gente y cuando está vacío los espacios se hacen más grandes y las sombras parecen más oscuras. El viento hace ruido en las ventanas, las puertas se golpean más de lo normal y cualquier conversación parece no tener sentido sin un interlocutor. Cuando no hay nadie más que él no se come en la mesa. Él acababa de cenar pizza recalentada. Ahí estaban los platos, arriba de la mesa de luz. La botella de cerveza en el piso de madera. Cuando vuelva la gente a la casa le van a recordar una vez más que el piso se mancha, que cuide lo que hace. Pero para eso falta, falta mucho. Acaba de tomar una decisión que no tiene vuelta atrás. De la que no se puede arrepentir jamás. De la que no puede pedir perdón, pedirse perdón. 
No es un pibe de llorar, nadie debe haberlo visto llorar de mayor. Y ahora tampoco llora eh. Una de sus hermanas se enoja por eso. Le dice que no tiene corazón. Pero sí lo tiene, sólo que no llora, nada más. Tiene los lagrimales secos, dice la madre, que le compra lágrimas artificiales porque le ve los ojos siempre irritados. Del clima, dice él. Y le creen. 
Son las tres de la mañana, pasadas. La casa está oscura. Las persianas están bajas. Se levanta de la cama con tranquilidad y se acerca a la ventana para levantar la cortina de enrollar. El cuarto se va iluminando de a poco con la luz de la calle que se cuela por las hendijas de la cortina. La levanta del todo, hasta ese punto que se traba y quizás cueste bajarla después. Es pleno invierno y son las tres de la mañana, pero él abre la ventana. Está en boxer, y el viento que entra le hiela la piel pero no se inmuta, parece no sentirlo porque tiene un millón de cosas que sentir...Las hojas de la ventana están abiertas de par en par y el viento las golpea contra las paredes. 
Se trepa a la ventana. Se empuja con el pie derecho en una mesa ratona y pasa la pierna izquierda sobre el marco de la ventana, luego la derecha, apoya el culo y se acomoda. Diez pisos. 
No lo piensa, lo hace: Se empuja y cae. Diez pisos. Despierto, consciente. Se acuerda de cuando era chico y se trepaba a las ventanas: su hermanita lloraba y su madre lo bajaba de las orejas. Siente el viento ahora más fuerte y este sí le hiela la sangre porque ya se olvidó todo lo que pensaba y ahora piensa en la vida. En veinte segundos piensa en la vida y se arrepiente de haberse soltado. 
La sirena de la ambulancia despierta a los vecinos y los llantos de la madre despiertan al barrio. Empieza a llover como si hubiera llovido en meses. La madre y las dos hijas están tiradas en el suelo abrazando al cuerpo muerto. No sienten la lluvia porque tienen un millón de cosas que sentir. 

viernes, 16 de diciembre de 2011

Dejémonos de joder

Estar sintiendo que hacés las cosas por incercia, porque sí, no está bueno. No está bueno saber que lo que realmente querés hacer, no es tan facil. Sentirse presionado, no está bueno y menos presionado por vos mismo. Vivir unos días, unas semanas, unos meses de mierda no está bueno. Tampoco creer que podés dar mucho más pero no lo hacés porque estás cansado con lo que DEBES hacer.
Llorar de cansancio, de agotamiento, de saturación y de tristeza por todo eso que amabas y dejaste, no está bueno. Llorar de frustración. Llorar porque deseas ser algo, alguien que ya es dificil que logres ser. No sentirse capaz no está bueno. Estancarse tampoco.
El tiempo, creer en Dios, la plata, el sistema y muchas cosas más no están buenas. Dejémonos de joder con toda esta mierda y seamos un poco más libres.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Con suerte piensa en algo

Está sentada en su cuarto en un sillón verde viejo mirando hacia el ventanal que da a la calle. Vive en un edificio alto, en uno de los últimos pisos. Tiene una gran vista porque no hay otros edificios en la cuadra de enfrente que interfieran entre ella y el cielo. No está haciendo nada, solo observa y con suerte piensa en algo.
Son pasadas las siete de la tarde, las diecinueve horas en el barrio de Almagro, en la Ciudad de Buenos Aires y en todo el país. Su cuarto está a oscuras, está ahí sentada observando desde que empezó a atardecer y fuma. Pocas cosas en el mundo le dan tanta paz como ese momento.
Lo escucha a Charly mientras tanto. Soy un vicio más, en tu vida soy un vicio más, porqué no me dejás si en tu vida soy un vicio más. Los colores del cielo se intensifican. Hay nubes de tormenta y pedazos de cielo. Es que hoy fue un día raro, una semana con un clima raro, inestable como ella.
Al frente de su ventana el naranja del cielo contrasta con las nubes oscuras de lluvia. Un cielo que parece pintado a mano. Si Dios existiera debería estar orgulloso, piensa en voz alta. Celeste muy claro, amarillo, anaranjado y azul oscuro.
A su izquierda, ahí donde se va escondiendo el sol en el horizonte, el cielo es de un naranja intenso que se funde con un azul profundo y va aclarándose a medida que se aleja de la línea horizontal.
Sigue la música y ella escucha, concentrada en cómo la oscuridad cubre de a poco esa gran masa de nada infinita que es el cielo. Aunque hay un poco de luz, ve como las ventanas de las casas se van encendiendo, una a una. Musicalmente. Mientras, ella sigue a oscuras. La única luz que hay es la del encendedor que cada tanto ella tiene la maña de encender pese a no necesitarlo. Hay un millón de almas que encienden la luz de sus casas mientras la del cielo se apaga, al menos de este lado del mundo.
En estos días que están pasando, yo sé muy bien que me estás buscando, querés saber lo que hicimos el día que apagaron la luz. Con esa música que hay ahora, no entiendo bien porqué estás tan sola.
Las nubes de tormenta cubren el cielo, apagando el atardecer. Se oscurece de pronto y llueve. Torrencialmente. Tan sola. Ella está tan sola.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

La abu

¿Cómo soltarle la mano a alguien que pese a todo se aferra a la vida? Veo a mi abuela morir. Se le va la vida como a quien se le escurre agua entre los dedos. Mi mamá y mi tía lloran en el comedor y yo siento que se me muere, acá mientras la agarro de la mano. Esta tan flaca que le siento los huesos, todos los huesos. Le veo las venas y la piel le cuelga. Necesita irse. Pero no. Mientras duerme sigo controlando que el pecho se le mueva por el mecánico movimiento de la respiración. Al rato se despierta. Quiero saber cuándo muera, dice. Y antes contó que la vinieron a buscar los angelitos y que a ella le están creciendo alas. Sabe todo lo que pasa alrededor, incluso creo que escucha lo que susurramos. Está consciente. Está consciente del dolor. Se despierta y le tocan los remedios. El medio vaso de agua que tiene que tomar la cansa y la pone nerviosa. Siente algo que no sabe que es y se desespera. Se inquieta: quiero acostarme, quiero pararme, quiero bailar, no, no me levanten. Quiero dormir, dormir, dormir, dormir....
No quiere vivir así pero le tiene terror a la muerte. Pero ahí están el dolor, el miedo y la muerte en sus ojos.

jueves, 1 de diciembre de 2011

A piachere

Me gusta el momento en que se apagan las luces previamente a una función en el teatro. No es un apagón repentino. Es progresivo, ya saben. Las voces y el bullicio de la sala se van callando, como si Dios bajara el volumen. Nuestros ojos se van acostumbrando a las sombras. Esto no debe llegar al minuto. O si. Debo decir que pierdo la noción del tiempo. 
Todas las cosas que importan cuando la luz está encendida, ahora pasan a un segundo plano. Nadie te mira. Nadie te observa. Nadie te habla. Solo vos en un montón de gente. Que no son más ni menos. Son gente.  
El aire está lleno de expectativa, de ilusión. Son unos segundos donde crecen los niveles de adrenalina y no es cuento. Uno se acomoda a piachere, como en el sillón de su casa. Los pensamientos de cualquier tipo se alejan. En la mente solo existe el telón. El telón que empieza a abrirse para contarnos una historia. Buena. Mala. Regular. Da igual. Y silencio total. Hasta que una voz, una aparición en el escenario, una música nos abre la puerta para entrar en una historia, en un mundo, en una mente que no es la nuestra, pero que nos los prestan por un rato.