Están en la cama de el vecino. Sus ojos ya están acostumbrados a la oscuridad de la habitación. Sólo entra luz por la persiana a medias bajar y tal vez sea porque está atardeciendo, que esa luz le da al ambiente un tono anaranjado.
Él prende un cigarrillo y lo respira con el placer de quien respira el aire puro.
Ella se acomoda en su pecho, mas bien en el hueco entre el hombro y el cuello que parece haber sido creado para ella.
Es una cama de dos plazas y tiene de esos acolchados de pluma, de esa tela que da la sensación de esponjoso y son tan agradables a la vista como al tacto. Las sábanas están desordenadas, ellos están destapados, desnudos y transpirados. Él se acaba de pone el boxer y ella la bombacha y la remera. El resto de la ropa está en el piso, o en el sillón, donde empezaron a desnudarse. Los papeles yl as llaves que estaban arriba de la mesa, ahora están en el piso. Se ve que hicieron alguna parada antes de llegar a la cama. Las almohadas ya ni se sabe dónde están. Todavía se siente el eco que los oyó quererse y se siente el aire cargado de sexo.
Ella se estira para alcanzar su cuello y darle un beso. Él, que tenía la mirada perdida, ahora le sonríe y le devuelve el beso en la boca. Se miran a los ojos por unos segundos luego él hace una cara graciosa y se ríen sin decir nada.
El vecino termina su cigarrillo y va a la cocina a buscar unos vasos con agua. Encuentra cerveza. Fría. La sirve, la lleva. Llega a la cama y ella está dormida, se acuesta a su lado y se vuelve a acomodar como antes de levantarse. Siente su respiración tranquila, sedada y acaricia su pelo todavía húmedo por haber transpirado. La mira dormir por un rato. Y la acaricia con cariño. Con la ternura de quien está descubriendo un amor. Toma su cerveza y la de ella.
La mira dormir. La ve dormir y la quiere con los ojos. Mira esa camiseta musculosa de morley blanca que le ajusta las tetas sin corpiño y le gusta, no lo excita –ahora- solo le gusta. Y le mira esas piernas que están enredadas en las suyas. Nada le gusta más que sus piernas y su espalda. Y los ojos. Y la cola. Le gusta toda. La ve dormir y le acaricia las piernas y luego todo el cuerpo. La toca solo con las yemas de los dedos. La quiere con las manos.
La mira dormir. La ve dormir y la quiere con los ojos. Mira esa camiseta musculosa de morley blanca que le ajusta las tetas sin corpiño y le gusta, no lo excita –ahora- solo le gusta. Y le mira esas piernas que están enredadas en las suyas. Nada le gusta más que sus piernas y su espalda. Y los ojos. Y la cola. Le gusta toda. La ve dormir y le acaricia las piernas y luego todo el cuerpo. La toca solo con las yemas de los dedos. La quiere con las manos.
Le acaricia desde los dedos hasta el codo, hasta el hombro y luego sube hasta el cuello, vuelve a bajar solo con un dedo por el pecho entre sus tetas. Cuando está llegando al ombligo ella se sonríe, aun con los ojos cerrados. Él la ve y le da un beso. Uno solo.
Y la sigue acariciando. Le baja con un dedo la bombacha pero sólo descubre el hueso de la cadera y le da un beso. Luego besa toda su panza. Y ella ya abre los ojos. Le saca la camiseta y le besa también las tetas. La respiración de Julia ya está agitada. Y la de él, el doble.
Mientras le besa el cuello, con la mano derecha va bajando despacio hasta su ombligo. Juega alrededor del arito que lleva puesto Julia.
Deja de besarla pero sigue acariciándo y observándola. Ella tiene los ojos cerrados y solamente piensa en los dedos que la miman. Siente como la mano del vecino baja del ombligo por su centro mientras sube la temperatura de su cuerpo y más aún la velocidad de su respiración.
Julia ya no resiste la quietud y se incorpora para besarlo ella también.
En la penumbra de la habitación se quisieron un rato más mientras se escondía el sol.
Los demás compromisos decidieron esperar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario