Nadie te obliga a ser lo que sos. ¿O pensás que sí?
Tal vez. Soy así, no sé quién me obliga, a lo mejor es Dios que me hizo así, ¿vos qué decís?
Yo digo que Dios o quien sea no te determina. Podes ser lo que quieras ser. Vivimos en una sociedad donde todos parecemos creer que tenemos que ser determinada forma. No terminamos siendo personas, sino un producto de algo. Algo. Producto de un sistema horrible que fabrica cobardes que no se animan a elegir por sí mismos. Vos podés hacerlo. Elegir quien quieras ser. Eso de Dios, el destino, el horóscopo o lo que se te ocurra son excusas. Puras excusas para seguir siendo cobardes toda la vida, para seguir siendo parte de esa mada inerte que no va a ningún lado, que no tiene sueños, que no tiene proyectos y desafíos. Que nunca va a ser más de lo que le enseñaron o impusieron alguna vez (que es lo mismo) que va a ser. Que nunca se va a animar a cruzar los límites para probarse, para ver qué hay del otro lado, ver por sí mismo lo que está prohibido y lo que no.
Pero...
No quiero responderte nada, ni condicionarte. Sos libre.
¿Libre?
Libre de ser otra cosa. Lo que quieras ser, o no ser.
Escribo ficción. Por lo tanto los hechos y personajes son ficticios, cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia.
jueves, 29 de marzo de 2012
martes, 13 de marzo de 2012
La chola
Junto a la ruta que cerca las montañas e irrumpe el paisaje sin vergüenza hay un puesto de frutas improvisado con cuatro palos, una chapa de techo y una madera de mostrador. Sobre éste hay unas banandas apoyadas y otras frutas no muy conocidas.
Detrás del mostrador y bajo un sombrero negro de copa se esconde, tímida, una mujer. Ella no parece maravillarse del paisaje, será que nació entre esos árboles y que esas montañas la vieron crecer, vivir y envejecer.
Paciente, la mujer espera que algún auto se asome por la curva y luego que se detenga a comprarle alguna fruta. Nadie para, pero ella sigue ahí tranquila como todas las mañanas. Paciente, con paz en sus ojos y tranquilidad en sus movimientos. Quieta. Mastica coca. Mueve los ojos. Y cada tanto habla para si misma por lo bajo.
Su tez es oscura casi del color de la tierra, sus ojos negros como su pelo. Lleva dos trenzas que nacen atrás de sus orejas y sobrepasan la linea de sus caderas. Debe tener dos o tres capas de enaguas más la pollera de rojo intenso y textura suave a la vista, de tela pesada. No hace nada de frío pero ella lleva unas medias azules de lana hasta los tobillos y sandalias en los pies. Tiene una camisa puesta y dos abrigos de lana. A penas se le ven porque en sus hombros cuelga una manta colorida que le cruza el torso y sostiene a un niño en su espalda. El bebé a penas puede verse y me pregunto cómo es que no se asfixia. Imagino que eso no pasa.
Su casa es la más cercana a la ruta, tras ella se esconden no mucho más de diez o quince casitas. Siempre pequeñas. En la pared de la suya se ve el nombre de un político que se postuló en las últimas elecciones presidenciales. Su apellido ocupa toda la pared del largo de la casa. Lo ví desde muy lejos. La incómoda paradoja me hace pensar cuán cercanos serán los proyectos políticos de este hombre de lo que puedan necesitar o no estas familias.
La mujer tiene una mirada serena pero triste. Aunque no lo está. Quizás solo esté cansada. Le compro dos frutas por un sol.
La mujer tiene una mirada serena pero triste. Aunque no lo está. Quizás solo esté cansada. Le compro dos frutas por un sol.
- Cómpreme señorita, llévese dos
- No tengo mucho dinero
Me sonríe. Y enseguida empiezo a preguntarle de ella. Me cuenta. Me invita a su casa. Me muestra las cabras, las llamas, me lleva a conocer a sus hijos grandes y a sus nietos y a sus vecinos. No llegan a ser un pueblo pero sí una gran familia.
Ninguno sabe muy bien quién es el señor del nombre en la pared. Me quedo pensando si el señor del nombre en la pared sabe quién es ella y quién es esa gran familia.
Ninguno sabe muy bien quién es el señor del nombre en la pared. Me quedo pensando si el señor del nombre en la pared sabe quién es ella y quién es esa gran familia.
Nos saludamos con dos besos y un hasta pronto, me regala un te de coca y una fruta.
Y yo me voy, de vuelta por esa ruta insolente habiendo recibido mucho más de lo que dí.
lunes, 12 de marzo de 2012
Encuentros III
Están en la cama de el vecino. Sus ojos ya están acostumbrados a la oscuridad de la habitación. Sólo entra luz por la persiana a medias bajar y tal vez sea porque está atardeciendo, que esa luz le da al ambiente un tono anaranjado.
Él prende un cigarrillo y lo respira con el placer de quien respira el aire puro.
Ella se acomoda en su pecho, mas bien en el hueco entre el hombro y el cuello que parece haber sido creado para ella.
Es una cama de dos plazas y tiene de esos acolchados de pluma, de esa tela que da la sensación de esponjoso y son tan agradables a la vista como al tacto. Las sábanas están desordenadas, ellos están destapados, desnudos y transpirados. Él se acaba de pone el boxer y ella la bombacha y la remera. El resto de la ropa está en el piso, o en el sillón, donde empezaron a desnudarse. Los papeles yl as llaves que estaban arriba de la mesa, ahora están en el piso. Se ve que hicieron alguna parada antes de llegar a la cama. Las almohadas ya ni se sabe dónde están. Todavía se siente el eco que los oyó quererse y se siente el aire cargado de sexo.
Ella se estira para alcanzar su cuello y darle un beso. Él, que tenía la mirada perdida, ahora le sonríe y le devuelve el beso en la boca. Se miran a los ojos por unos segundos luego él hace una cara graciosa y se ríen sin decir nada.
El vecino termina su cigarrillo y va a la cocina a buscar unos vasos con agua. Encuentra cerveza. Fría. La sirve, la lleva. Llega a la cama y ella está dormida, se acuesta a su lado y se vuelve a acomodar como antes de levantarse. Siente su respiración tranquila, sedada y acaricia su pelo todavía húmedo por haber transpirado. La mira dormir por un rato. Y la acaricia con cariño. Con la ternura de quien está descubriendo un amor. Toma su cerveza y la de ella.
La mira dormir. La ve dormir y la quiere con los ojos. Mira esa camiseta musculosa de morley blanca que le ajusta las tetas sin corpiño y le gusta, no lo excita –ahora- solo le gusta. Y le mira esas piernas que están enredadas en las suyas. Nada le gusta más que sus piernas y su espalda. Y los ojos. Y la cola. Le gusta toda. La ve dormir y le acaricia las piernas y luego todo el cuerpo. La toca solo con las yemas de los dedos. La quiere con las manos.
La mira dormir. La ve dormir y la quiere con los ojos. Mira esa camiseta musculosa de morley blanca que le ajusta las tetas sin corpiño y le gusta, no lo excita –ahora- solo le gusta. Y le mira esas piernas que están enredadas en las suyas. Nada le gusta más que sus piernas y su espalda. Y los ojos. Y la cola. Le gusta toda. La ve dormir y le acaricia las piernas y luego todo el cuerpo. La toca solo con las yemas de los dedos. La quiere con las manos.
Le acaricia desde los dedos hasta el codo, hasta el hombro y luego sube hasta el cuello, vuelve a bajar solo con un dedo por el pecho entre sus tetas. Cuando está llegando al ombligo ella se sonríe, aun con los ojos cerrados. Él la ve y le da un beso. Uno solo.
Y la sigue acariciando. Le baja con un dedo la bombacha pero sólo descubre el hueso de la cadera y le da un beso. Luego besa toda su panza. Y ella ya abre los ojos. Le saca la camiseta y le besa también las tetas. La respiración de Julia ya está agitada. Y la de él, el doble.
Mientras le besa el cuello, con la mano derecha va bajando despacio hasta su ombligo. Juega alrededor del arito que lleva puesto Julia.
Deja de besarla pero sigue acariciándo y observándola. Ella tiene los ojos cerrados y solamente piensa en los dedos que la miman. Siente como la mano del vecino baja del ombligo por su centro mientras sube la temperatura de su cuerpo y más aún la velocidad de su respiración.
Julia ya no resiste la quietud y se incorpora para besarlo ella también.
En la penumbra de la habitación se quisieron un rato más mientras se escondía el sol.
Los demás compromisos decidieron esperar.
viernes, 9 de marzo de 2012
Encuentros II
Son las diez de la mañana y Julia se va a bañar. Entra al baño, abre la canilla, se mira al espejo en ropa interior, se saca el corpiño y piensa en una operación de tetas que nunca va a hacerse, solo fantasea -ni siquiera le gusta como quedan las siliconas- Desecha el pensamiento y ahora fantasea con un corte de pelo, una melenita colorada, nunca se decide…Toca el agua para testear la temperatura y se detiene, mira por la ventana y se siente idiota por no recordar lo de la cortina. Allá está el vecino de arriba observándola y ahora se ríe.
Furiosa, ya no enojada, furiosa agarra una toalla e improvisa una cortina. El vecino, arriba termina su desayuno sonriéndose –Si supiera hace cuánto la observo ya no tendría vergüenza- piensa en voz alta.
Julia sigue desquisiadamente enojada y antes de irse para su clase decide tocarle el timbre al vecino. Ensaya en el espejo del ascensor una serie de insultos seguido de un reto de madre. Baja del ascensor. Toca timbre. Sale el vecino en bóxer.
Julia se distrae por un segundo. –Vecina –dice él.
Ella no saluda, simplemente vomita una serie de insultos y frases tartamudas e inconexas.
El vecino se mantiene serio, sin decir nada, hasta que Julia termina.
-Respirá, te va a hacer bien. –dice.
-Por qué no te vas bien a la mierda pedazo de pelotudo?
Él la agarra con fuerza de su brazo flaquito, la apoya contra la pared bruscamente, la agarra de la cintura y la levanta a la altura de sus ojos y dice,
-Si me voy a la mierda, venís conmigo – y le da un beso
Julia no se queja. Se paraliza. El vecino la baja al piso de nuevo, se mete en su departamento y cierra la puerta. Ahí sí reacciona Julia, lanza nuevamente una serie de insultos mientras golpea la puerta. La clase a la que tenía que ir puede esperar…
Sale él unos minutos después y se detiene solamente a mirarla mientras ella grita como polvorita colorada.
-De verdad: ¿vas a callarte en algún momento?
Ella ahora se burla de él:
-De verdad: nunca conocí alguien tan idiota como vos – dice. Se da media vuelta para subir al ascensor que chilla, con un chillido irritante. La puerta estuvo abierta todo este tiempo, pero ninguno de los dos se percató.
El vecino, todavía en bóxer, cierra la puerta de su departamento y sube con ella al ascensor. Julia intenta disimular su incomodidad aunque se pone muy roja.
-Podés estar muy enojada pero también podés admitir que algo de todo esto te gusta, te divierte y/o te excita- le dice él mirando a Julia a los ojos
Julia no tiene donde escapar y disimula, de nuevo, su incomodidad con enojo, su excitación con incomodidad y eso se percibe.
Ella intenta hablar, pero él ya no se lo permite, la agarra de la cintura y la aprieta contra su pecho desnudo y la besa. Con la otra mano le da stop al ascensor. Se detiene bruscamente y ahora ellos se besan con la misma pasión que pelea Julia.
Se empiezan a tocar sin preámbulo. Ella suspira, invadida por una mezcla de excitación y adrenalina. De repente alguien del edificio llama al ascensor, y ellos empiezan a bajar, se separan, se miran con seriedad unos segundos y luego estallan en risas. Se tientan y no lo pueden evitar.
Llegan al piso 12. Se abre la puerta: una señora con ruleros, con el delantar de cocina puesto y con una bolsa de compras de esas de abuela los mira. Los ve: ella verde de la vergüenza y él, en boxer. La señora resopla, indignada y ellos intentan contener la risa. Dejan a la señora en planta baja e inmediatamente suben al departamento del vecino para continuar lo que dejaron en veremos...
Continuará
martes, 6 de marzo de 2012
Encuentros
Está sumida sin retorno en sus pensamientos. Nada importante. Nada profundo pero absorbente de todos modos. Tanto que casi sigue de largo en la puerta de su edificio. Ya en la puerta correcta revuelve el bolsillo de su mochila que siempre es un caos. Busca la llave. Diariamente al hacerlo piensa que las perdió y hoy no es la excepción. No sería raro que le pase, aunque es realmente díficil perder algo que no sale del bolsillo en todo el día. En medio de esos nuevos pensamientos interrumpe un vecino que también llega al edificio. Se ríe simpáticamente de ella, abre la puerta y la sostiene para dejarla pasar. Sorprendida Julia también se ríe. Y le cuenta algún fragmento de sus pensamientos a modo de excusa. Intenta también ser simpática, aunque le cuesta un poco eso de socializar. El vecino en cambio, parece relajado.
Julia vive en ese edificio hace seis meses y nunca había visto a ese vecino. Tendría unos 28 años, unos más que ella. Era morocho, buena pinta. Churro, diría la mamá de Julia. Pelo corto, al ras de la cabeza. No mucho más alto que ella. Tiene manos grandes y mirada seductora. Ojos oscuros. Casi tanto como sus intenciones. En una mano tiene una bolsa con cosas que seguro compró en el chino de al lado. En la otra las llaves. Julia después de entrar al hall se adelantó un poco mientras el vecino cerraba la puerta. Tenía la mochila colgada de un brazo. No se viste muy combinada, tampoco le importa. Tiene su propia concepción de la moda. Es la colorada hippie. Tiene las curvas perfectas y el vecino parece haberlo notado.
Julia se detiene en la puerta del ascensor pero no aprieta el botón para llamarlo. El vecino llega donde está ella, vuelve a reírse y llama el ascensor. Ni una palabra.
El vecino ahora mira sus ojos celestes de cerca, Julia se sonroja un poco. Pero él no deja de mirarla hasta que ella se queja al respecto. Entonces se voltea y solo mira la puerta del ascensor que esperan. Es que me encantan las pelirrojas, le dice. Bueno, andá al zoológico a buscarte una. Son los modos de Julia por los que su madre siempre la reta. Pero ella es así. El vecino no esperaba esa contestación, pero le gusta. Llega el ascensor y no hace nada al respecto. Julia abre la puerta del ascensor de mal modo y resoplando, pasa primera. Cierra él y se para cerca de ella, dentro de su espacio vital. Eso la incomoda. Pero esta vez no dice nada. Piso? -preguntó el vecino. Diecisiete -contestó Julia.
El vecino aprieta el 17 y el 18. Ahora resulta que eran más vecinos de lo que Julia pensaba. Como si escuchara lo que pensaba el vecino dice:
- Es que tenemos horarios distintos, por eso no nos cruzamos. Aunque yo sí te he visto. Te veo desde la ventana de mi comedor. - y ataca sin preámbulos - Te mudaste y nunca le pusiste cortina a la ventana del baño. Hoy te bañaste como a las diez de la mañana. Yo estaba desayunando.
El vecino le hablaba aún a una distancia de 15 cm de su cara. Esto resulta excitante-mente seductor. Él quiere provocarla, deja de hablar y se pone a un lado de ella, mirando al frente.
Ahora Julia decide desafiarlo e invade su espacio vital. Y mirando a los ojos le pregunta que ropa interior llevaba.
-No tenías corpiño - responde sin sacarle los ojos de encima- Tanga blanca. Te la sacaste antes de poner la alfombra en el piso. Cuando terminaste de bañarte te pusiste una negra . Pero antes te pasaste crema. - Mientras contestaba dirigió su dedo índice a la cadera de Julia y separó la calza de su cuerpo para comprobar lo de la tanga y llegó a ver que estaba en lo cierto. Soltó la calza antes de que Julia le dijera algo.
- Observador - dijo Julia sin mirarlo.
Piso 16.
- Muy observador - corrige el vecino
El ascensor se detiene, el vecino le abre la puerta y Julia se sobresalta. Él se ríe
- Ya se que querés pasar más tiempo conmigo pero este es tu piso - bromea y extiende el bazo dándole paso.
Ella no le contesta solo se baja y cierra la puerta enojada. El vecino se ríe y la saluda mientras el ascensor sigue subiendo.
Continuará
lunes, 5 de marzo de 2012
Angelito de la Guarda
Ángel de la Guarda dulce compañía, gracias por tomar mi mano de noche y de día
Ángel de la Guarda dulce compañía, gracias por tomar mi mano de noche y de día
Eso cantan Marina y Lucía mientras van a la escuela. Marina tiene 5 años y Lucía 6. Ambas llevan delantal blanco y mochila de alguna princesa de disney. Van agarradas de la mano y cantan. Marina tiene dos trencitas que caen sobre sus hombros y Lucía dos colitas a la altura de las orejas. Son tan parecidas que los vecinos se las confunden, tienen el mismo largo de pelo, y son casi de la misma altura por lo que suelen intercambiar la poca ropa que tienen.
Van solas a la escuela porque mamá está en casa con sus otros tres hermanos. Luca y Marcos, un par de gemelos de 6 meses y Andrés de 2 años. No hay padre. En realidad sí lo hay, pero se fue incluso antes de saber del embarazo de los gemelos. Mamá no trabajaba, papá se llevó todo y ellos se quedaron sin nada. O con lo puesto y lo que había en la heladera. Mamá a penas consiguió un subsidio y un poco de ayuda de los antiguos vecinos. Digo antiguos porque ahora viven en uno de los barrios más pobres de Buenos Aires. A eso que le dicen villas miseria. No pudieron seguir pagando el alquiler porque mamá no tenía con qué y el propietario les sacó el cuarto en el que vivían.
Mamá no tiene tiempo para llorar. Solamente algunas lágrimas cuando los chicos duermen la siesta. Cuando siente que el mundo se detiene para poder respirar. Cuando respira piensa que su nuevo barrio no le gusta. Tiene miedo por sus hijos. Peros se consuela pensando que es mejor que vivir en la calle. Por lo menos tienen un techo y con lo del subsidio consigue comida y pañales. Le duele no poder acompañar a las nenas a la escuela, pero no puede dejar a los chicos solos, ni tiene confianza en los nuevos vecinos.
A mitad de camino entre la escuela y su nueva casa vive Mauro y su hermano Esteban, por allí pasan las nenas en su recorrido. Alguien golpea la puerta del cuarto de los hermanos y pide por Esteban. Cruzan a penas unas palabras y el pibe recibe una bolsita con marihuana. Al rato viene un chico de 10 años a pedirles poxi, se lo dan por unos pocos pesos y el chico se va aspirando de la bolsa. Esteban y Mauro son los encargados de vender marihuana, paco, poxi y otras drogas en la zona de 20 cuadras a la redonda.
Mamá les enseñó a las nenas el camino a la escuela. Ellas se guían por los colores de las casas, los carteles. Mamá les pidió que vayan de la mano, que no se suelten y que cuiden una de la otra. Ellas lo prometieron. Les enseñó algunas canciones y también les dijo que canten todo el camino. Que no dejen de cantar, que no miren a nadie, ni hablen con nadie.
La policía estipuló para hoy un operativo para desmantelar a algunos cabecillas de la venta de drogas. Mauro y Esteban son el primer blanco del día. Cinco hombres se visten de civil y se meten por los callejones del barrio. Al llegar al lugar y se detuvieron media cuadra antes de la puerta de los pibes. Solo alcanzaron quince minutos de observación para ver como entraba y salía gente de la casilla. Sin reparo alguna vez se hizo el intercambio en la puerta. Tranquilos porque estaban arreglados con los policías de la zona.
El camino a la escuela son quince cuadras. Media hora en la que mamá tiene el corazón en la boca. Pasada la media hora mamá se gasta una moneda en el teléfono público del quiosco para llamar a la escuela y confirmar que las nenas llegaron. Siempre suspira aliviada.
Las nenas se fueron cantando a la hora de siempre. Mamá las miró desde la puerta hasta que doblaron la esquina. Siente que al hacer eso las protege un rato más.
Mauro y Esteban siempre van armados, incluso dentro de la pieza. Por si acaso. Tal vez viene algún deudor. O algún chorro. No pregunten cómo consiguieron las armas. Es otro tema. También tienen todo semi empacado, están preparados para salir corriendo si hiciera falta.
Ángel de la Guarda dulce compañía, gracias por tomar mi mano de noche y de día
Ángel de la Guarda dulce compañía, gracias por tomar mi mano de noche y de día
Dos oficiales avanzan hacia la puerta y los otros tres se quedan en la calle. Los dos primeros miran entre las chapas y ven que los cabecillas están adentro contando dinero y guardándolo en un bolso. Sacan sus armas y uno de ellos patea la puerta. No se muevan, policía, están detenidos.
Los hermanos ni se miran. Ya tenían estudiada la ruta de escape. Mauro sube por las escaleras y Esteban se trepa por una ventana, ambos llegaron al primer piso de su casa que estaba en construcción. Desde allí saltan a la calle. Uno de los oficiales que está en la calle dispara la primera bala. Esteban responde. Los oficiales los persiguen. Y empieza el tiroteo.
Marina quiere cantar un poco sola. Ángel de la Guarda dulce compañía, gracias por tomar mi mano de noche y de día. Mientras Marina canta doblan a la esquina donde ya no hay nadie más que Mauro, Esteban y los oficiales. El resto de los civiles se ha escondido. Alguien las ve desde una ventana y les grita que se aparten. Las nenas miran para arriba y no ven venir las balas. Dos cuerpos pequeños, que hubieran sido dos blancos difíciles hoy resultaron ser el blanco equivocado.
Mamá tiene un mal pálpito. Escucha los tiros y se paraliza. Piensa en sus nenas. Pero se distrae con los gemelos que no paraban de llorar. Veinte minutos después del primer disparo, la vecina de al lado golpea la puerta y la abre antes de recibir contestación. Agarra a mamá del brazo y se la lleva corriendo. Le cuenta en el camino y Mamá de nuevo no tiene tiempo para llorar. Hasta que las ve. Tiradas sobre la calle de tierra, con el delantal rojo de la sangre. Marina y Lucía estaban tomadas de la mano, le prometieron que no se soltarían y no lo hicieron. Nadie las había tocado. Las pocas personas que se animaron a acercarse estaban esperando a la ambulancia. Pocas personas. Esteban y Mauro escaparon. Tres oficiales fueron detrás de ellos y dos se quedaron para calmar los ánimos, pedir refuerzos y esperar la ambulancia.
Mamá se tiró al piso y las tomó en brazos como cuando eran bebés. Las hamacó como hace seis años, pero ahora ya no sentía sus respiraciones en el cuello. Su llanto se confundía con gritos. Gritos que partían el aire. A media cuadra, el pibe que compró poxi miraba la escena. Quizás no entienda. Algunas cabezas se asomaban por las ventanas con miedo a acercarse. Hay mucho miedo acá. Quizás nadie entienda o no quieran entender. Mamá sigue llorando o gritando y todavía no se escucha la ambulancia. Que a estos lugares a veces no viene.
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