Escribo ficción. Por lo tanto los hechos y personajes son ficticios, cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia.

jueves, 17 de noviembre de 2011

TOC TOC

Todos tienen obsesiones, si quieren conocer las mías a continuación les cuento cuáles son. Advierto que puede ser una lista extensa. No asustarse.
La toalla del baño mal acomodada me saca de quicio. He descubierto que es impresionantemente normal en baños de casas donde sólo hay hombres o encontrarla desacomodada luego de que un hombre pasa al baño. El papel higiénico cuando queda rozando el piso. La pasta de dientes mal apretada y sin cerrar con mucha pasta seca en la boquilla. La canilla, tanto del baño como en la cocina, que gotea. Ese ruido continuo como los relojes de pared. Qué molestia! La tabla del baño levantada.
Los placares y la ropa desordenada, los cajones abiertos. Dormir con alguien que desordena las sábanas y saca incluso la funda de abajo. Las mesas cojas. Las ventanas que golpean.
La gente que no camina por la derecha en la calle. Que en las escaleras mecánicas la gente ocupe "el carril" rápido y uno esta atrás aguantando todo el recorrido.
En la cocina los platos sucios, y peor aun cuando esos platos están secos. De solo pensar en quien los lave me pone nerviosa. Las hornallas sucias. Las migas en la mesa. Los platos trizados. Los sillones de cuero, se te pegan en verano, y hacen mucho ruido. El jean.
Las uñas sucias. La raya del electricista, plomero, gasista, etc. Los agujeros en la ropa. Las salas de espera. La cola del baño de mujeres. Las mujeres COSMO. La piel de cama solar. Los hombres que se sacan los mocos públicamente, sin pudor alguno. Y peor los que los hacen bolita. Las mujeres que no conocés sin pintura. La gente que "chasquea", lease que hace ruido molesto cuando come. 
La gente que tiembla en plan nervioso. Y mueven con su temblor todo lo que está a su alrededor. Las minas que no comen voluntariamente. Las tiritas transparentes de los corpiños. Los ronquidos
La bolsas de supermercado desordenadas. Las quiero ordenadas todas en una bolsa hechas un nudo. La torta mal cortada. Las faltas de ortografía. El ruido de las teclas del celular. El pelo grasoso.
Los estereotipos. Las etiquetas. Las pinturas desordenadas. Los hombres que usan gel para peinarse. Los granos. El hombre que toca los rollos. El hombre que es demasiado caballero, en exceso. La persona que no mira a los ojos. O que baja la mirada.
Las uñas de los pies largas. El olor a húmedo. Los folios rotos. Las hojas rotas. Desorden. Los tachos de basura sobrepasados. Los lentes de contacto de color. Las hojas con hojalillos. El papel secante. Las cartucheras.
Se que me olvido de muchas otras. Porque soy mas obse de lo que parezco.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Elisa

Elisa es una mujer coqueta. Cuando la conocí tenía el pelo corto y no estaba teñida, a diferencia de la mayoría de las mujeres de su edad. Dejaba que las canas hagan lo suyo. Era alta y delgada. Su ánimo y la felicidad parecían haber borrado las arrugas. Tenía puesto un saco verde de vestir. Verde musgo, una camisa blanca no tan blanca sino mas bien amarillenta por estar muchos años en un cajón. Un pantalón marrón de tiro alto y unos mocasines también marrones. Anteojos de sol viejos también, se veía la pintura saltada de tanto uso. Sujetaba su cartera como nerviosa, esperando algún ladrón al acecho. Tenía el brazo derecho lleno de pulseras. Iba maquillada, discreta y elegante. Las uñas pintadas de rojo. Si es coqueta, ya lo dije. En algún momento que se sacó los anteojos y pude ver sus ojos claros, verdes o celestes. Preciosos. Aunque no fuera mucho, Elisa parecía haberse puesto ese día lo mejor que tenía. Alguna razón tendría, solo que yo todavía no la sabía. Lo que si supe es que estaba ansiosa. Se le notaba a la legua. Desde que se subió al tren, en cada parada se asomaba a la ventanilla buscando el cartel del andén donde dice el nombre de la estación, y así todo el recorrido. No hizo mucho más que mirar por la ventana, mirarse las uñas, acomodarse sus rulos grises, mirar el reloj con ansiedad, mirar a su alrededor y sonreirle a una nena que estaba sentada a su lado. Cruzó algún comentario con una pasajera pero no alcancé a oir su voz. Un par de estaciones antes de su parada se sobresaltó pensando que se tenía que bajar, hasta que encontró el cartel que rezaba un nombre que no era el que ella buscaba.
Una estación antes de la suya, sacó un espejo de su cartera y un lapiz labial. Primero se sacó los anteojos, luego se acomodó sus rulos y después se pintó la boca. Con una tranquilidad que parecía forzada al ver el temblor de sus manos, volvió a guardar todo en la cartera, los anteojos también. Faltaba bastante todavía para llegar al andén pero Elisa se paró y fue hacia la puerta. Elisa miraba para arriba, movía los ojos para todos lados. Eso lo hace cuando está nerviosa. El tren empezó a bajar la velocidad y Elisa buscó con ojos nerviosos el cartel. Estación Malaver. Era la suya. El tren finalmente detuvo la marcha y se abrieron las puertas.
Elisa se bajó y ahí estaba Tito esperándola.
Tito tenía también el pelo blanco, el poco pelo que le quedaba. A pesar del calor tenía puesto un traje, con corbata y todo. Su ropa estaba gastada, como revivida de los placares después de mucho tiempo. Ahí estaba, parado al rayo de sol de las dos de la tarde con una rosa roja en la mano y los ojos húmedos. Al verla bajar del tren perdió un poco el equilibrio y sonrió nervioso como un chico de 17 años. Llegué a ver que el temblor de las manos de Elisa aumentó de frecuencia. Se miraron, Tito le tomó la cara con ternura y la tocó, tal vez para comprobar que lo que veía era real. Y se abrazaron. Tito cerró los ojos. Ni la chicharra del tren los inmutó. Y el tren empezó a moverse de nuevo para cumplir la cíclica rutina que mueve el mundo. No supe nunca nada de Elisa, ni de Tito. Solo los conocí un rato, compartí ese momento con ellos y me sentí parte.

martes, 8 de noviembre de 2011

No me gustan los grises

A veces siento.
Que la música que escucho cuando voy por la calle es la banda sonora de mi vida. Que soy rara, muy distinta al resto. A veces siento que soy mala persona, que soy simple. Después que soy complicada y retorcida.
Que vivo en la época equivocada. Que soy linda después que soy gorda. Que escribo chato, que nadie me va a querer leer. A veces siento que alguien me persigue por la calle mientras diseño la banda sonora de mi vida.
Que hago bien las cosas, luego que muy mal. Que soy la única que quiere un mundo distinto. Que soy la única que quiere arriesgarse un poco. Que soy la única que necesita compañeros de aventuras. A veces siento que no tener hermanos es horrible. Que soy inteligente.
Que el cine es lo mío, luego escribir, luego la ficción. Que el periodismo no va conmigo. Después me encanta. A veces siento que no llego a los 30. Que no voy a tener hijos ni casa propia.
Que si no me veo haciendo tal o cual cosa, no va a suceder. Y pasa. Que odio las etiquetas (lo afirmo). Que la gente cambia, después me decepciono. A veces siento que estoy loca. Que voy a perder la memoria.
Que un día me voy a quedar ciega o que me va a atropellar un auto y me voy a quedar inválida. Después que voy a bailar toda la vida. Que me voy a ir a vivir al campo. A veces siento que quiero estar sola y después me da miedo la soledad.
A veces siento que no tengo punto medio y que soy un poco contradictoria.

domingo, 6 de noviembre de 2011

El 1

Un señor de 78 años espera el único colectivo que circula por el pueblo: El 1. Es la hora de la siesta y no hay nadie en la calle. No tanto por la siesta sino por el calor. El verano en este pueblo se siente y de verdad. El señor se está malhumorando. El circuito del 1 es muy corto como para demore tanto y el señor no puede caminar más de una cuadra porque el calor lo descompensa. Se seca la transpiración de la frente con su pañuelo de tela.
El señor no tiene familia, cerca por lo menos. Es viudo hace dos años: su esposa murió luego de una operación de cadera y sus dos hijas viven en la ciudad. Ahí operaron a su mujer. Después de su muerte las hijas le pidieron al señor que se quedara, pero el señor no quiso. No le gusta la ciudad. Dice que nació para vivir en el pueblo.
Aunque seguro que en la ciudad el colectivo no tardaría tanto.
El señor se apoya en la pared porque ya está cansado. Han pasado 30 minutos ya. El lugar a donde se dirige queda a cinco cuadras nada más. Se enoja y empieza a caminar. A las dos cuadras aminora la velocidad de la caminata hasta que se detiene. Mira para todos lados. Sus ojos piden ayuda. Pero las calles están desiertas. El calor. Pesa el calor. Y el señor se apoya contra  la pared y se desliza hasta quedar sentado en la vereda. Se desabrocha la camisa y se ve la camiseta húmeda de la transpiración. El pañuelo de tela ya no le sirve, está casi más mojado que su cara.
Ahora le cuesta respirar. Se siente ruido que viene de la cuadra de enfrente. Es una señora que se asoma a la ventana para cerrar la persiana. El señor intenta llamarla. María ayúdeme. Pero la señora no lo escucha y cierra la persiana.
El señor llora porque nadie lo escucha y tiene miedo. Le tiene miedo a la muerte.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Silence

Un silencio responde hoy las cosas que no quiero escuchar. 
Mi mundo alrededor parece una película muda que me canta con señas las notas de una vida que no quise elegir. Una música en silencio me aturde y no me deja escuchar los ruidos del viento. Siento un vacío que me llega tan hondo que mi pecho se encoje y se ahoga en un llanto.
Lentamente casi como en cámara lenta, de mis ojos sale una lágrima que me indica el principio del  fin. Es un llanto silencioso que huye de las sonrisas que pueden esbozar mis labios.
Solo hay silencio. Un silencio que canta las notas de una vida que no quise elegir, me responde las cosas que no quiero escuchar.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Photo

Los pasos eran cada vez más lentos, el ritmo de la caminata se calmó. Entonces el tiempo se detuvo en una foto. Perfecta. La luz, los colores, el paisaje. Perfectos. La foto perfecta de ese beso que les robó el alma. En un suspiro, en un segundo, les robó el alma. 

martes, 1 de noviembre de 2011

No sé si para siempre

Otra vez la línea A. Es que parece haber tantas historias como no las hay en otro lado. La chica está colgada del pasamanos en medio de toda la gente que vuelve a sus casa desde el centro a las 6 de la tarde, ya pueden imaginarlo. La chica está desalineada: su pelo está o intenta estar sujetado en una colita toda deshecha. El delineado negro que marcaban sus ojos está todo corrido. La chica tiene la mirada perdida, tiene tantas cosas para mirar a su alrededor pero no mira nada. Respira despacio ese poco aire que la separa de los demás pasajeros. Tiene unos labios muy rojos y gruesos. Se pasa la mano y se aprieta la boca. Tiene los dedos desgarbados, manos flacas y largas, una piel transparente que deja ver sus venas. Es que es muy flaca. Pálida. Esos labios rojos y gruesos se aprietan con fuerza como para contener una lágrima que empieza a correr por su cara. Se tapa los ojos, como con vergüenza. Aunque no creo que le importe mucho lo que piensen los demás. Llora. La chica llora en silencio. Se saca la mano de su cara y se seca las lágrimas en el remerón que tiene puesto. Cierra los ojos y respira profundo. Relaja la frente y entonces las líneas de expresión desaparecen aunque siga llorando.
Sigue subiendo gente al vagón. Y empujan. Y no importa. Que la chica llore. Que se caiga el mundo. Que su vida sea un desastre, no importa. Porque ellos quieren subir al vagón. Y empujan. La chica se mantiene abtracta todavía. Es que a ella tampoco le importa. Que empujen, su cabeza está en otro lado. Solamente su cuerpo y sus lágrimas están ahí. Entonces abre los ojos. Y encuentra otros ojos, casi al otro lado del vagón que la miran. Son los míos, la miro entre la gente. Le sonrío. Tarda unos segundos pero me devuelve la sonrisa y se seca las lágrimas. No sé si para siempre, pero al menos por un rato ya no llora.