Escribo ficción. Por lo tanto los hechos y personajes son ficticios, cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Otra vez soy

Me gusta divertirme, compartir la fiesta y compartir el silencio. Cuando entro en confianza soy más simpática de lo que parezco. Me gusta escuchar y escribir. Escribo mucho, mi sueño es publicar un libro. Y viajar eternamente. Soy un poco obsesiva pero nada molesta, me adapto fácilmente. No tengo muchas vueltas y soy bastante transparente pero soy, irónicamente, un poco difícil de descifrar. Me gusta mirar las estrellas y sentir el viento.
Creo que salí un poco distinta de cómo quisieron criarme, aunque tal vez ellos sembraron en mí estas ansias de libertad.
Me gusta reírme y a veces también me gusta llorar. Tengo debilidad por el dulce de leche y caigo facilmente en el mal humor. Aprendí a hablar y contar.
Soy serena y soy una furia. Guardo mucho acá adentro.
A veces pienso que puedo tener diabetes, como mi abuelo que está en las estrellas. Mientras lo pienso como helado.
Suelo fanatizarme con las personas. Y eso me juega en contra cuando descubro que son personas.
No hablo mucho pero a veces hablo de más.
Se algo de muchas cosas pero nada en profundidad. A menudo me siento ignorante y también me subestimo.
Olvido mucho, tengo memoria sumamente selectiva. Hace mucho que no termino un libro.
A veces tengo miedo de mi misma.
Soy mala anfitriona, pero buena organizadora. Soy poco considerada y poco atenta. No es de mala leche. Es así.
Podría seguir diciendo cosas de mí pero también me aburro. De mí y de casi todo.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Una entrevista

La presencia de Charly en tus cuentos, es clara. ¿Responde a que te encanta simplemente?
Me encanta Charly y le encontré mucha conexión con lo que escribí. Además de la grandeza de él.

¿Cómo te surgen las historias? 
Mucho de lo que escribo es algo que veo en mí, que me pasa a mi o que se cruzo por mi cabeza pero siempre lo llevo al extremo le doy ficción. Lo de “Encuentros” por ejemplo surgió a partir de que en mi baño mucho tiempo no hubo cortina en la ventana y una vez mi vieja me dijo cerrá siempre la ventana, por los vecinos. Ahí salió todo.

“Encuentros” nos dejó a muchos enganchadísimos…
Sí, creo que fue de lo que más gustó. Me hablaron al respecto, pero creo que vendría a ser algo así como un best seller. Pero no creo que sea mi esencia. 

Te veo a vos en ese Andres (No necesito a nadie, a nadie alrededor) e imagino que a vos también hay veces que te pesa volver a casa, que respiras profundo para poner la mejor…
Lo de Andrés sí se relaciona conmigo. Soy una mina muy de contener, muy reservada y mas con mi familia. Pero creo que ahí lo que es para el llegar a la casa representa para mí la sociedad y lo distinta y fuera de lugar que me siento muchas veces y ese placer que siento por tener mi mundo, mi espacio, mi nicho, mi gente.

¿Vos te tratas de acomodar dentro de lo posible? ¿Hay una necesidad de pertenecer o a veces más por el resto que por vos misma?
No, trato de sobrevivir a eso, de convivir mejor dicho. Con mi forma de ser y con ese rechazo que tengo a muchas cosas sociales, que veo reflejada en mucha gente muy cercana y eso me genera una autoexclusión casi inevitable.

¿Por qué se peina de nuevo?
Es una liberación despeinarse, o al menos eso me generó la imagen. El hecho de que se vuelva a peinar es como ponerse una corbata. Imágenes. Aunque creo que ese cuento no está bien logrado.

¿Por qué no se queda así?
Ah bueno, ese es el conflicto de Andrés. Es duro y no puede soltarse. Siente que lo van a juzgar. Por suerte la autora superó eso.

En Encuentros, ¿la parte sexual tiene que ver con vos, con tus gustos y fantasías? ¿Julia sos vos? 
Sí, creo que esa piba tiene mucho, tal vez la que más tenga de mí. Es orgullosa, es sexual, es pasional, es no se si narcisa pero se mira, se busca el defecto. Solo le mejore algunas cosas y esa es la licencia que te da la ficción.

¿Qué le mejoraste?
Me mejore físicamente

Julia piensa en operarse las tetas…
Digo que "fantasea, aunque no le gustan como quedan las siliconas". Tal cual.

¿El post acción viene de tu realidad? Es factible imaginarte, la remera de morley…

Hacía mucho tenía ganas de escribir y describir ese clima, ese momento y “Encuentros” me dio la posibilidad y pienso que me quedó muy real de lo que vivo yo hoy por hoy al menos.

"Dejémonos de joder", calculo que es mucho vos misma y tus dudas sobre la vocación, las ganas de abandonar todo…

Escribo cuentos, más ficciones como Encuentros y los otros que generalmente son más cortos que son tal vez a modo de descarga, esos son evidentemente más personales. Como los que me describo a mí misma. Dentro de ellos “Dejémonos de joder” que es fruto de un momento fuerte de angustia y bronca.

"Castro barros", no logro entender quién es el que tenés enfrente. Te gusta, pero es un adulto. ¿Es un profesor que hayas tenido o es alguien que a vos te gustaría ser?
Claro, es un adulto. Me gusta pero ese gustar pasa por otro lado. Ese tipo fue real, lo vi en el subte, así como lo describí y me dio curiosidad. Extrapolé ese amor obviamente y el diálogo mental. Pero tengo una especie de fascinación por lo bohemio y por esos ámbitos que enumero. El historiador, el cineasta, el literato, el profesor de alma me dan sexy me dan amor, llamalo fetiche, como quieras.

Lo que no descubro es porqué ella se quiere poner bajo su tutela; porque es él el que fantasea con enseñarle. Pero ¿es ella la que proyecta y crea ese deseo en él?
En realidad no, es una proyección de la autora puramente. Pero Paulina personaje siente lo que está ahí, son esos sus pensamientos y están los de él también que son “reales” en el cuento, quiero decir que no los crea ella. Hay un deseo mutuo, real.

Vos autora querés crear esa atracción
Claro, ellos se sienten curiosidad, ganas de hablar, ganas de un café. Eso decía antes, el deseo y ese amor pasa por otro lado, no por lo físico sino por todo lo que los puede conectar, desde otro lugar.


Gracias Santi González Raffo

sábado, 16 de junio de 2012

Luz clásica y social

Se cortó la luz y ella se detuvo; con el miedo clásico y social de deslizarse en la oscuridad, en lo sombrío, en lo desconocido. Pero de a poco sus ojos se fueron acostumbrando a esa luz distinta. A esa luz de tono anaranjado que entraba por las ventanas y empezó a iluminar el salón. Y siguió bailando en un ambiente donde paradógicamente todo parecía más claro y más bello.

Tarde

Si ella lo trata como siempre, todo es como siempre. Si ella se muestra distinta, distante, lo desencaja, lo desconcierta y lo deja como idiota sin saber qué tiene que hacer. Lo saca de su zona segura. Esos límites que le dan libertad y comodidad. Una rutina que a ella la desespera, pero a él parece satisfacerle y bastarle. Esos gestos que son casi automáticos. Su constante búsqueda hacia él, hacia sus manos, sus mimos, su constante planificación de planes y valga la redundancia.
Esos son parte de una serie de sutilezas que le dieron a él comodidad, seguridad, placer y satisfacción que no parece estar dispuesto a perder.
Ella se lamenta, cuando ya se perdió el encanto, de no haber sido un poco más difícil

domingo, 3 de junio de 2012

La buena acción

Subte. La flaca tendrá 22 años. Está muy bien vestida, ropa prácticamente nueva, con poco uso. Chatea desde su celular. Tiene una cruz de oro colgada de su cuello que descansa en su voluminoso escote. Está parada. Hay poca gente pero todos los asientos están ocupados. Está en un extremo del vagón, del otro lado ve venir a un chico de 11 años, como mucho. Sucio. Ropa gastada y rota del uso. No se si combina los colores porque estos a penas se distinguen. Ojotas con medias, mojadas por cierto, afuera llueve. Inconsebible vestuario para ella. Pero no le genera rechazo sino pena, lástima y compasión.
El chico ya repartió las tarjetas con almanaques que vende por todo el vagón,  obtuvo pocas miradas, tres o cuatro le dieron la mano y sólo uno le dio unas monedas. Se va acercando a la flaca. Ella guarda su celular, corre su cartera hacia atrás y le dice: "Amor, ¿tenés de sagitario?" Haciendo referencia a los almanaques que vende, que al dorso tienen una breve referencia a los signos del zodíaco. El pibe a penas la mira y le da el pilón de tarjetas mientras recoge las que quedaron diseminadas entre los demás pasajeros. Vuelve a ella.
Llevo esta. ¿Cómo te llamás lindo?
Miguel.
Qué lindo nombre!
Le da un peso en monedas de 50 y dos de 25 centavos. Él la mira. Ella le acaricia la cabeza. Todos los pasajeros los miran. Él le saca la mano y la mira con tristeza en los ojos. Conoce los gestos, que para él son de desprecio.
Cómo estás Migue?
De verdad querés saberlo? O querés que te responda como lo hacen todos ustedes? 'Bien' y listo.
La flaca se queda anonadada. Se agacha a la altura del pibe. Le agarra la cara con una dulzura despreciable. Revisa sus bolsillos y le da ahora un billete de dos pesos. Le da su limosna.
Miguel se baja del vagón para ir al siguiente, a seguir vendiendo.
Ella se para y el resto del viaje piensa lo buena, lo buena samaritana que es. Y tacha de su lista cristiana mental la buena acción del día.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Creo, Confieso y Admito que

Soy tímida e intento disimularlo, muy mal por cierto. Tengo grandes complejos. Soy egoísta pero después soy maternal. Soy cruel y compasiva. Fría y sensible.
Hoy me incomoda y no tolero la religiosidad ciega cuando hace unos años era fan y best de ese dios tuyo. Confieso que me aburro con facilidad y que tengo grandes dificultades para terminar lo que empiezo, que siempre hay algo que me interrumpe. Creo que la caballerosidad es una excusa para mirar traseros y me perturba en exceso.
Creo que tengo buen gusto. Confieso que me cuesta querer, me cuesta expresar, me cuesta soltar. Pero agarrate cuando lo hago porque estamos hasta las manos mamá. Te amo y te odio.
Confieso que no me gustaba el mate, lo odiaba y lo adopté a la fuerza, pero ahora lo amo. Creía poder ser falsa, hoy me resigno y admito que mi cara es lo más transparente e incontrolable que tengo. Admito ser buena para las excusas.
Soy cabeza dura, mi papá me decía Josefa Zapata, si no la gana la empata, pero creo que cedo bastante. Me enojo fácil. Me enerva la hipocresía, la caradurez y la evasión.
Sufro de mal humor y de extremidades frías. Pero en realidad soy un dulce de leche.
En una época me gustaba el drama, me gustaba sufrir.
Tengo conflictos con mi imágen, hoy más resueltos. Me gustan mis ojos, odio mis cejas, me gusta mi espalda y mis piernas, y me acompleja mi panza y mis rodillas hiperextendidas. Casi siempre me presiono para hacer dieta. Me aburre mi pelo.
Creo conocerme bastante y eso tal vez me perturbe.
Me amarga la ceguera ajena. Admito creerme más madura de lo que soy, admito autoboicotearme. Confieso tener algunos tornillos flojos y saber, felizmente, lidiar con ello. Me gustaría decir muchas cosas que no digo y quiero vivir en un mundo y una sociedad que no son estos.
Quiero un mundo distinto y no puedo mantener una conversación con quien no cuestiona, con quien no ve mas allá y es feliz viviendo en su burbuja.
Me gusta ser solitaria, me gusta ser distinta, me gusta tener mi nicho de gente. Me encanta la música pero no se casi ninguna letra entera. Tengo mala memoria y mirada despectiva. Me olvido o me quiero olvidar. Soy prejuiciosa y odio los prejuicios.
Me dijeron una vez que perdí un brillo que tenía en los ojos y eso me entristece a veces, sin razón.

"Quizás haya enemigos de mis opiniones, pero yo mismo, si espero un rato, puedo ser también enemigo de mis opiniones" JLB

miércoles, 23 de mayo de 2012

Porteño vértigo

Llueve en Buenos Aires, es otoño y llueve. Él se para en la esquina de Moreno y 9 de julio, a unas cuadras del obelisco. Y ve los autos pasar como agua en el río. Se para y ve. Ve y siente. Siente el vértigo de la ciudad. La sensación de querer escapar de un remolino de viento que lo chupa hacia adentro. La sensación de estar en lo alto de un edificio y que el vacío lo atraiga cual imán, la sensación de que la realidad se deforma como una pintura surrealista para dejarlo caer al vacío, al vacío eterno. Caer y caer y gritar y llorar y que en esa esquina, en esa calle, en ese barrio y en ese mundo nadie lo note.

viernes, 27 de abril de 2012

Mañana de otoño

El joven de traje gritaba. El señor de boina dejó caer su mirada y la señora de pelo largo y blanco tomaba su brazo, conteniéndolo.
No fue mi culpa hijo.
Siempre fue tu culpa viejo, toda la vida. No estuviste atento, mamá te necesitaba y vos te ibas con los muchachos, como si todavía tuvieras veinte años.
El viento soplaba como en ningún lado, ahí en la galería de la casa. Ese viento que hiela los huesos, ese viento que se cuela por todos lados. Las hojas que caían de los árboles se arremolinaban en el piso y el sol tímidamente empezaba a calentar esa triste mañana de otoño.
Ella quería que me fuera.
Y viejo, para tenerte en el sillón mirando televisión o haciéndole reproches prefería no verte. La dejaste morir viejo, la dejaste morir.
No fue mi culpa hijo.
La señora de pelo largo y blanco rodeó amorosamente con sus brazos al señor de boina y clavó sus ojos llenos de dolor en los del jóven de traje. Él se encogió de hombros. Sonó su celular y se apartó para atender. Siguió gritando pero sobre temas laborales mientras caminaba de un lado al otro del jardín.
El señor de boina susurró, como hablando para sí:
Hijo mío, que poco conocés a tu padre.
Y subió el tono para decir:
Helena, amor de mi alma, ¿dónde estás?
Y llorando se desplomó sobre sus rodillas en el piso, dejó caer su bastón y ahí se quedó: llorando y llamando a su Helena mientras su hijo hablaba a unos metros sobre su empresa que está en la ciudad a más de 80 km de este pueblo.
¿Dónde estás Helena mía?¿Dónde?
La mujer de pelo largo y blanco se arrodilló junto a él, acarició su rostro y apoyó la cabeza sobre su hombro.
Acá estoy cielo. A tu lado. Para siempre.

jueves, 12 de abril de 2012

No necesito a nadie, a nadie alrededor

Andrés es un tipo correcto. Clásico. Serio. Contenido. Casi no habla, a penas se relaciona con gente, lo justo y necesario. Un tipo de pocas palabras. Tiene rulos y pelo largo, se lo ata en una colita en la parte de atrás de su cabeza para aplacar el volumen de la melena.
Tiene una familia grande y viven aún todos juntos. Mamá, papá, seis hermanos. Todos populares, habladores, super divertidos, extrovertidos...todo eso para él por demás. Ni en su familia se relaciona mucho, la mayoría del tiempo incluso no se siente parte de ella. Sus viejos tienen buena plata, pero él no la quiere. Él trabaja, a diferencia de casi todos sus hermanos, y eso que muchos ya estarían en edad de hacerlo.
Su mamá es rubia, flaca y está operada (tetas, pómulos, nariz y  una lipo). Tienen empleada, cocinera y de chicos tenían niñera. Su papá es atlético, tiene otra mujer y en el verano usa sunga. Él hubiera querido una mamá gorda y culona que le hiciera ravioles caseros y le leyera cuentos a la noche, un padre enamorado de la culona que fuera a asaltarla y llenarla de besos mientras ella hacía la salsa para los ravioles. Pero no.
Andrés tiene 26 años. Estudió, trabaja, gana unos pesos escribiendo para una revista de rock, pero todavía no lo suficiente como para vivir solo. Gasta mucho en libros, cds y teatro. Va solo al teatro. A veces con una amiga. Tiene una amiga especial: van al cine, van al teatro,  se juntan a escuchar música y fumar porro, tienen sexo y van a comer pizza sentados en el cordón de la vereda de alguna calle oscura. Ella tampoco quiere hablar mucho y eso le gusta, la quiere, igual son amigos. Comparten la vida y se dan un poco de cariño.
Al rededor de las diez de la noche Andrés vuelve a su casa. Cuando lo hace siempre es escuchando música de su celular. Entra al edificio aún con los auriculares con volúmen muy alto. En la calle y en público se limita a mover la cabeza, algún pie o mano al ritmo de la música. Espera el ascensor solo y canta un poco.
Llega el ascensor. Amplio y cubierto de espejos en su totalidad, exceptuando el piso. Tiene puertas manuales a pesar de ser un edificio bastante lujoso. Se sube y siempre pone el mismo tema. Como cierre del día, piensa, para quedarse con un gusto bueno en los oídos.
Pone Charly. Canta. Canta mal, pero grita como si no lo supiera. No se escucha a  sí mismo es que su música está muy fuerte.
No voy en tren, voy en avión. No necesito a nadie, a nadie alrededor. No voy en tren, voy en avión. No necesito a nadie, a nadie alrededor. Porque no hay nadie que mi piel resista, porque no hay nadie que yo quiera ver. No veo televisión ni las revistas.
La vecina del sexto que siempre cocina a esa hora lo escucha. Su cocina está pegada al ascensor y quizás sea la única vecina atenta. Ya sabe que Andrés está llegando, no lo conoce, solamente conoce sus gritos. Ahí viene Charly, dice siempre, aunque no tenga a quién decírselo. Y canta un poco con él. Era fanática en su adolescencia y le da cierto cariño y nostalgia ese momento del día. Lo agradece cantando un poco.
No voy en tren, voy en avión. No necesito a nadie, a nadie alrededor. No voy en tren, voy en avión.  Cuando era chico nunca fui muy listo. Tocaba el piano como un animal.
Andrés se descontrola, gesticula, se despeina, grita, se desalinea, toca una guitarra imaginaria, descarga, saca todo en ese casi minuto que demora en llegar el ascensor a su piso.
El ascensor habla y dice "piso diecinueve" en un tono tan poco humano que no deja de perturbar a Andrés y diariamente se pregunta cuál es la necesidad. Para entonces ya dejó de cantar y bajó el volumen. Se peina, se emprolija para volver a ser él, listo para volver a contener.
Con las llaves en la mano se detiene un poco antes de la puerta del departamento, susurra lo que queda de canción que a penas se oye. Suspira frente a la puerta y escucha ya los gritos de sus hermanas y su vieja. Se resigna, vuelve a suspirar y entra: correcto, serio, callado, contenido.

jueves, 29 de marzo de 2012

Se otra cosa

Nadie te obliga a ser lo que sos. ¿O pensás que sí?
Tal vez. Soy así, no sé quién me obliga, a lo mejor es Dios que me hizo así, ¿vos qué decís?

Yo digo que Dios o quien sea no te determina. Podes ser lo que quieras ser. Vivimos en una sociedad donde todos parecemos creer que tenemos que ser determinada forma. No terminamos siendo personas, sino un producto de algo. Algo. Producto de un sistema horrible que fabrica cobardes que no se animan a elegir por sí mismos. Vos podés hacerlo. Elegir quien quieras ser. Eso de Dios, el destino, el horóscopo o lo que se te ocurra son excusas. Puras excusas para seguir siendo cobardes toda la vida, para seguir siendo parte de esa mada inerte que no va a ningún lado, que no tiene sueños, que no tiene proyectos y desafíos. Que nunca va a ser más de lo que le enseñaron o impusieron alguna vez (que es lo mismo) que va a ser. Que nunca se va a animar a cruzar los límites para probarse, para ver qué hay del otro lado, ver por sí mismo lo que está prohibido y lo que no.

Pero...

No quiero responderte nada, ni condicionarte. Sos libre.

¿Libre?

Libre de ser otra cosa. Lo que quieras ser, o no ser.

martes, 13 de marzo de 2012

La chola

Junto a la ruta que cerca las montañas e irrumpe el paisaje sin vergüenza hay un puesto de frutas improvisado con cuatro palos, una chapa de techo y una madera de mostrador. Sobre éste hay unas banandas apoyadas y otras frutas no muy conocidas.
Detrás del mostrador y bajo un sombrero negro de copa se esconde, tímida, una mujer. Ella no parece maravillarse del paisaje, será que nació entre esos árboles y que esas montañas la vieron crecer, vivir y envejecer.
Paciente, la mujer espera que algún auto se asome por la curva y luego que se detenga a comprarle alguna fruta. Nadie para, pero ella sigue ahí tranquila como todas las mañanas. Paciente, con paz en sus ojos y tranquilidad en sus movimientos. Quieta. Mastica coca. Mueve los ojos. Y cada tanto habla para si misma por lo bajo. 
Su tez es oscura casi del color de la tierra, sus ojos negros como su pelo. Lleva dos trenzas que nacen atrás de sus orejas y sobrepasan la linea de sus caderas. Debe tener dos o tres capas de enaguas más la pollera de rojo intenso y textura suave a la vista, de tela pesada. No hace nada de frío pero ella lleva unas medias azules de lana hasta los tobillos y sandalias en los pies. Tiene una camisa puesta y dos abrigos de lana. A penas se le ven porque en sus hombros cuelga una manta colorida que le cruza  el torso y sostiene a un niño en su espalda. El bebé a penas puede verse y me pregunto cómo es que no se asfixia. Imagino que eso no pasa.
Su casa es la más cercana a la ruta, tras ella se esconden no mucho más de diez o quince casitas. Siempre pequeñas. En la pared de la suya se ve el nombre de un político que se postuló en las últimas elecciones presidenciales. Su apellido ocupa toda la pared del largo de la casa. Lo ví desde muy lejos. La incómoda paradoja me hace pensar cuán cercanos serán los proyectos políticos de este hombre de lo que puedan necesitar o no estas familias.
La mujer tiene una mirada serena pero triste. Aunque no lo está. Quizás solo esté cansada. Le compro dos frutas por un sol. 
- Cómpreme señorita, llévese dos
- No tengo mucho dinero
Me sonríe. Y enseguida empiezo a preguntarle de ella. Me cuenta. Me invita a su casa. Me muestra las cabras, las llamas, me lleva a conocer a sus hijos grandes y a sus nietos y a sus vecinos. No llegan a ser un pueblo pero sí una gran familia.
Ninguno sabe muy bien quién es el señor del nombre en la pared. Me quedo pensando si el señor del nombre en la pared sabe quién es ella y quién es esa gran familia.
Nos saludamos con dos besos y un hasta pronto, me regala un te de coca y una fruta. 
Y yo me voy, de vuelta por esa ruta insolente habiendo recibido mucho más de lo que dí.

lunes, 12 de marzo de 2012

Encuentros III

Están en la cama de el vecino. Sus ojos ya están acostumbrados a la oscuridad de la habitación. Sólo entra luz por la persiana a medias bajar y tal vez sea porque está atardeciendo, que esa luz le da al ambiente un tono anaranjado.
Él prende un cigarrillo y lo respira con el placer de quien respira el aire puro.
Ella se acomoda en su pecho, mas bien en el hueco entre el hombro y el cuello que parece haber sido creado para ella.
Es una cama de dos plazas y tiene de esos acolchados de pluma, de esa tela que da la sensación de esponjoso y son tan agradables a la vista como al tacto. Las sábanas están desordenadas, ellos están destapados, desnudos y transpirados. Él se acaba de pone el boxer y ella la bombacha y la remera. El resto de la ropa está en el piso, o en el sillón, donde empezaron a desnudarse. Los papeles yl as llaves que estaban arriba de la mesa, ahora están en el piso. Se ve que hicieron alguna parada antes de llegar a la cama. Las almohadas ya ni se sabe dónde están. Todavía se siente el eco que los oyó quererse y se siente el aire cargado de sexo.
Ella se estira para alcanzar su cuello y darle un beso. Él, que tenía la mirada perdida, ahora le sonríe y le devuelve el beso en la boca. Se miran a los ojos por unos segundos luego él hace una cara graciosa y se ríen sin decir nada.
El vecino termina su cigarrillo y va a la cocina a buscar unos vasos con agua. Encuentra cerveza. Fría. La sirve, la lleva. Llega a la cama y ella está dormida, se acuesta a su lado y se vuelve a acomodar como antes de levantarse. Siente su respiración tranquila, sedada y acaricia su pelo todavía húmedo por haber transpirado. La mira dormir por un rato. Y la acaricia con cariño. Con la ternura de quien está descubriendo un amor. Toma su cerveza y la de ella.
La mira dormir. La ve dormir y la quiere con los ojos. Mira esa camiseta musculosa de morley blanca que le ajusta las tetas sin corpiño y le gusta, no lo excita –ahora- solo le gusta. Y le mira esas piernas que están enredadas en las suyas. Nada le gusta más que sus piernas y su espalda. Y los ojos. Y la cola. Le gusta toda. La ve dormir y le acaricia las piernas y luego todo el cuerpo. La toca solo con las yemas de los dedos. La quiere con las manos.
Le acaricia desde los dedos hasta el codo, hasta el hombro y luego sube hasta el cuello, vuelve a bajar solo con un dedo por el pecho entre sus tetas. Cuando está llegando al ombligo ella se sonríe, aun con los ojos cerrados. Él la ve y le da un beso. Uno solo.
Y la sigue acariciando. Le baja con un dedo la bombacha pero sólo descubre el hueso de la cadera y le da un beso. Luego besa toda su panza. Y ella ya abre los ojos. Le saca la camiseta y le besa también las tetas. La respiración de Julia ya está agitada. Y la de él, el doble.
Mientras le besa el cuello, con la mano derecha va bajando despacio hasta su ombligo. Juega alrededor del arito que lleva puesto Julia.
Deja de besarla pero sigue acariciándo y observándola. Ella tiene los ojos cerrados y solamente piensa en los dedos que la miman. Siente como la mano del vecino baja del ombligo por su centro mientras sube la temperatura de su cuerpo y más aún la velocidad de su respiración.
Julia ya no resiste la quietud y se incorpora para besarlo ella también.
En la penumbra de la habitación se quisieron un rato más mientras se escondía el sol.
Los demás compromisos decidieron esperar.

viernes, 9 de marzo de 2012

Encuentros II

Son las diez de la mañana y Julia se va a bañar. Entra al baño, abre la canilla, se mira al espejo en ropa interior, se saca el corpiño y piensa en una operación de tetas que nunca va a hacerse, solo fantasea -ni siquiera le gusta como quedan las siliconas- Desecha el pensamiento y ahora fantasea con un corte de pelo, una melenita colorada, nunca se decide…Toca el agua para testear la temperatura y se detiene, mira por la ventana y se siente idiota por no recordar lo de la cortina. Allá está el vecino de arriba observándola y ahora se ríe. 
Furiosa, ya no enojada, furiosa agarra una toalla e improvisa una cortina. El vecino, arriba termina su desayuno sonriéndose –Si supiera hace cuánto la observo ya no tendría vergüenza- piensa en voz alta.
Julia sigue desquisiadamente enojada y antes de irse para su clase decide tocarle el timbre al vecino. Ensaya en el espejo del ascensor una serie de insultos seguido de un reto de madre. Baja del ascensor. Toca timbre. Sale el vecino en bóxer. 
Julia se distrae por un segundo. –Vecina –dice él.
Ella no saluda, simplemente vomita una serie de insultos y frases tartamudas e inconexas. 
El vecino se mantiene serio, sin decir nada, hasta que Julia termina.
-Respirá, te va a hacer bien. –dice. 
-Por qué no te vas bien a la mierda pedazo de pelotudo? 
Él la agarra con fuerza de su brazo flaquito, la apoya contra la pared bruscamente, la agarra de la cintura y la levanta a la altura de sus ojos y dice,
-Si me voy a la mierda, venís conmigo – y le da un beso
Julia no se queja. Se paraliza. El vecino la baja al piso de nuevo, se mete en su departamento y cierra la puerta. Ahí sí reacciona Julia, lanza nuevamente una serie de insultos mientras golpea la puerta. La clase a la que tenía que ir puede esperar…
Sale él unos minutos después y se detiene solamente a mirarla mientras ella grita como polvorita colorada. 
-De verdad: ¿vas a callarte en algún momento?
Ella ahora se burla de él:
-De verdad: nunca conocí alguien tan idiota como vos – dice. Se da media vuelta para subir al ascensor que chilla, con un chillido irritante. La puerta estuvo abierta todo este tiempo, pero ninguno de los dos se percató.
El vecino, todavía en bóxer, cierra la puerta de su departamento y sube con ella al ascensor. Julia intenta disimular su incomodidad aunque se pone muy roja. 
-Podés estar muy enojada pero también podés admitir que algo de todo esto te gusta, te divierte y/o te excita- le dice él mirando a Julia a los ojos
Julia no tiene donde escapar y disimula, de nuevo, su incomodidad con enojo, su excitación con incomodidad y eso se percibe.
Ella intenta hablar, pero él ya no se lo permite, la agarra de la cintura y la aprieta contra su pecho desnudo y la besa. Con la otra mano le da stop al ascensor. Se detiene bruscamente y ahora ellos se besan con la misma pasión que pelea Julia. 
Se empiezan a tocar sin preámbulo. Ella suspira, invadida por una mezcla de excitación y adrenalina. De repente alguien del edificio llama al ascensor, y ellos empiezan a bajar, se separan, se miran con seriedad unos segundos y luego estallan en risas. Se tientan y no lo pueden evitar. 
Llegan al piso 12. Se abre la puerta: una señora con ruleros, con el delantar de cocina puesto y con una bolsa de compras de esas de abuela los mira. Los ve: ella verde de la vergüenza y él, en boxer. La señora resopla, indignada y ellos intentan contener la risa. Dejan a la señora en planta baja e inmediatamente suben al departamento del vecino para continuar lo que dejaron en veremos...



Continuará

martes, 6 de marzo de 2012

Encuentros

Está sumida sin retorno en sus pensamientos. Nada importante. Nada profundo pero absorbente de todos modos. Tanto que casi sigue de largo en la puerta de su edificio. Ya en la puerta correcta revuelve el bolsillo de su mochila que siempre es un caos. Busca la llave. Diariamente al hacerlo piensa que las perdió y hoy no es la excepción. No sería raro que le pase, aunque es realmente díficil perder algo que no sale del bolsillo en todo el día. En medio de esos nuevos pensamientos interrumpe un vecino que también llega al edificio. Se ríe simpáticamente de ella, abre la puerta y la sostiene para dejarla pasar. Sorprendida Julia también se ríe. Y le cuenta algún fragmento de sus pensamientos a modo de excusa. Intenta también ser simpática, aunque le cuesta un poco eso de socializar. El vecino en cambio, parece relajado.
Julia vive en ese edificio hace seis meses y nunca había visto a ese vecino. Tendría unos 28 años, unos más que ella. Era morocho, buena pinta. Churro, diría la mamá de Julia. Pelo corto, al ras de la cabeza. No mucho más alto que ella. Tiene manos grandes y mirada seductora. Ojos oscuros. Casi tanto como sus intenciones. En una mano tiene una bolsa con cosas que seguro compró en el chino de al lado. En la otra las llaves. Julia después de entrar al hall se adelantó un poco mientras el vecino cerraba la puerta. Tenía la mochila colgada de un brazo. No se viste muy combinada, tampoco le importa. Tiene su propia concepción de la moda. Es la colorada hippie. Tiene las curvas perfectas y el vecino parece haberlo notado. 
Julia se detiene en la puerta del ascensor pero no aprieta el botón para llamarlo. El vecino llega donde está ella, vuelve a reírse y llama el ascensor. Ni una palabra.
El vecino ahora mira sus ojos celestes de cerca, Julia se sonroja un poco. Pero él no deja de mirarla hasta que ella se queja al respecto. Entonces se voltea y solo mira la puerta del ascensor que esperan. Es que me encantan las pelirrojas, le dice. Bueno, andá al zoológico a buscarte una. Son los modos de Julia por los que su madre siempre la reta. Pero ella es así. El vecino no esperaba esa contestación, pero le gusta. Llega el ascensor y no hace nada al respecto. Julia abre la puerta del ascensor de mal modo y resoplando, pasa primera. Cierra él y se para cerca de ella, dentro de su espacio vital. Eso la incomoda. Pero esta vez no dice nada. Piso? -preguntó el vecino. Diecisiete -contestó Julia.
El vecino aprieta el 17 y el 18. Ahora resulta que eran más vecinos de lo que Julia pensaba. Como si escuchara lo que pensaba el vecino dice: 
- Es que tenemos horarios distintos, por eso no nos cruzamos. Aunque yo sí te he visto. Te veo desde la ventana de mi comedor. - y ataca sin preámbulos - Te mudaste y nunca le pusiste cortina a la ventana del baño. Hoy te bañaste como a las diez de la mañana. Yo estaba desayunando.
El vecino le hablaba aún a una distancia de 15 cm de su cara. Esto resulta excitante-mente seductor. Él quiere provocarla, deja de hablar y se pone a un lado de ella, mirando al frente.
Ahora Julia decide desafiarlo e invade su espacio vital. Y mirando a los ojos le pregunta que ropa interior llevaba.
-No tenías corpiño - responde sin sacarle los ojos de encima- Tanga blanca. Te la sacaste antes de poner la alfombra en el piso. Cuando terminaste de bañarte te pusiste una negra . Pero antes te pasaste crema. - Mientras contestaba dirigió su dedo índice a la cadera de Julia y separó la calza de su cuerpo para comprobar lo de la tanga y llegó a ver que estaba en lo cierto. Soltó la calza antes de que Julia le dijera algo.
- Observador - dijo Julia sin mirarlo.
Piso 16.
- Muy observador - corrige el vecino
El ascensor se detiene, el vecino le abre la puerta y Julia se sobresalta. Él se ríe
- Ya se que querés pasar más tiempo conmigo pero este es tu piso - bromea y extiende el bazo dándole paso.
Ella no le contesta solo se baja y cierra la puerta enojada. El vecino se ríe y la saluda mientras el ascensor sigue subiendo.

Continuará


lunes, 5 de marzo de 2012

Angelito de la Guarda

Ángel de la Guarda dulce compañía, gracias por tomar mi mano de noche y de día
Ángel de la Guarda dulce compañía, gracias por tomar mi mano de noche y de día
Eso cantan Marina y Lucía mientras van a la escuela. Marina tiene 5 años y Lucía 6. Ambas llevan delantal blanco y mochila de alguna princesa de disney. Van agarradas de la mano y cantan. Marina tiene dos trencitas que caen sobre sus hombros y Lucía dos colitas a la altura de las orejas. Son tan parecidas que los vecinos se las confunden, tienen el mismo largo de pelo, y son casi de la misma altura por lo que suelen intercambiar la poca ropa que tienen.
Van solas a la escuela porque mamá está en casa con sus otros tres hermanos. Luca y Marcos, un par de gemelos de 6 meses y Andrés de 2 años. No hay padre. En realidad sí lo hay, pero se fue incluso antes de saber del embarazo de los gemelos. Mamá no trabajaba, papá se llevó todo y ellos se quedaron sin nada. O con lo puesto y lo que había en la heladera. Mamá a penas consiguió un subsidio y un poco de ayuda de los antiguos vecinos. Digo antiguos porque ahora viven en uno de los barrios más pobres de Buenos Aires. A eso que le dicen villas miseria. No pudieron seguir pagando el alquiler porque mamá no tenía con qué y el propietario les sacó el cuarto en el que vivían.
Mamá no tiene tiempo para llorar. Solamente algunas lágrimas cuando los chicos duermen la siesta. Cuando siente que el mundo se detiene para poder respirar. Cuando respira piensa que su nuevo barrio no le gusta. Tiene miedo por sus hijos. Peros se consuela pensando que es mejor que vivir en la calle. Por lo menos tienen un techo y con lo del subsidio consigue comida y pañales. Le duele no poder acompañar a  las nenas a la escuela, pero no puede dejar a los chicos solos, ni tiene confianza en los nuevos vecinos.
A mitad de camino entre la escuela y su nueva casa vive Mauro y su hermano Esteban, por allí pasan las nenas en su recorrido. Alguien golpea la puerta del cuarto de los hermanos y pide por Esteban. Cruzan a penas unas palabras y el pibe recibe una bolsita con marihuana. Al rato viene un chico de 10 años a pedirles poxi, se lo dan por unos pocos pesos y el chico se va aspirando de la bolsa. Esteban y Mauro son los encargados de vender marihuana, paco, poxi y otras drogas en la zona de 20 cuadras a la redonda.
Mamá les enseñó a las nenas el camino a la escuela. Ellas se guían por los colores de las casas, los carteles. Mamá les pidió que vayan de la mano, que no se suelten y que cuiden una de la otra. Ellas lo prometieron. Les enseñó algunas canciones y también les dijo que canten todo el camino. Que no dejen de cantar, que no miren a nadie, ni hablen con nadie.
La policía estipuló para hoy un operativo para desmantelar a algunos cabecillas de la venta de drogas. Mauro y Esteban son el primer blanco del día. Cinco hombres se visten de civil y se meten por los callejones del barrio. Al llegar al lugar y se detuvieron media cuadra antes de la puerta de los pibes. Solo alcanzaron quince minutos de observación para ver como entraba y salía gente de la casilla. Sin reparo alguna vez se hizo el intercambio en la puerta. Tranquilos porque estaban arreglados con los policías de la zona.
El camino a la escuela son quince cuadras. Media hora en la que mamá tiene el corazón en la boca. Pasada la media hora mamá se gasta una moneda en el teléfono público del quiosco para llamar a la escuela y confirmar que las nenas llegaron. Siempre suspira aliviada.
Las nenas se fueron cantando a la hora de siempre. Mamá las miró desde la puerta hasta que doblaron la esquina. Siente que al hacer eso las protege un rato más.
Mauro y Esteban siempre van armados, incluso dentro de la pieza. Por si acaso. Tal vez viene algún deudor. O algún chorro. No pregunten cómo consiguieron las armas. Es otro tema. También tienen todo semi empacado, están preparados para salir corriendo si hiciera falta.

Ángel de la Guarda dulce compañía, gracias por tomar mi mano de noche y de día
Ángel de la Guarda dulce compañía, gracias por tomar mi mano de noche y de día

Dos oficiales avanzan hacia la puerta y los otros tres se quedan en la calle. Los dos primeros miran entre las chapas y ven que los cabecillas están adentro contando dinero y guardándolo en un bolso. Sacan sus armas y uno de ellos patea la puerta. No se muevan, policía, están detenidos.
Los hermanos ni se miran. Ya tenían estudiada la ruta de escape. Mauro sube por las escaleras y Esteban se trepa por una ventana, ambos llegaron al primer piso de su casa que estaba en construcción. Desde allí saltan a la calle. Uno de los oficiales que está en la calle dispara la primera bala. Esteban responde. Los oficiales los persiguen. Y empieza el tiroteo.
Marina quiere cantar un poco sola. Ángel de la Guarda dulce compañía, gracias por tomar mi mano de noche y de día. Mientras Marina canta doblan a la esquina donde ya no hay nadie más que Mauro, Esteban y los oficiales. El resto de los civiles se ha escondido. Alguien las ve desde una ventana y les grita que se aparten. Las nenas miran para arriba y no ven venir las balas. Dos cuerpos pequeños, que hubieran sido dos blancos difíciles hoy resultaron ser el blanco equivocado.
Mamá tiene un mal pálpito. Escucha los tiros y se paraliza. Piensa en sus nenas. Pero se distrae con los gemelos que no paraban de llorar. Veinte minutos después del primer disparo, la vecina de al lado golpea la puerta y la abre antes de recibir contestación. Agarra a mamá del brazo y se la lleva corriendo. Le cuenta en el camino y Mamá de nuevo no tiene tiempo para llorar. Hasta que las ve. Tiradas sobre la calle de tierra, con el delantal rojo de la sangre. Marina y Lucía estaban tomadas de la mano, le prometieron que no se soltarían y no lo hicieron. Nadie las había tocado. Las pocas personas que se animaron a acercarse estaban esperando a la ambulancia. Pocas personas. Esteban y Mauro escaparon. Tres oficiales fueron detrás de ellos y dos se quedaron para calmar los ánimos, pedir refuerzos y esperar la ambulancia.
Mamá se tiró al piso y las tomó en brazos como cuando eran bebés. Las hamacó como hace seis años, pero ahora ya no sentía sus respiraciones en el cuello. Su llanto se confundía con gritos. Gritos que partían el aire. A media cuadra, el pibe que compró poxi miraba la escena. Quizás no entienda. Algunas cabezas se asomaban por las ventanas con miedo a acercarse. Hay mucho miedo acá. Quizás nadie entienda o no quieran entender. Mamá sigue llorando o gritando y todavía no se escucha la ambulancia. Que a estos lugares a veces no viene.

martes, 28 de febrero de 2012

Esa carucha

La habitación está a oscuras. No hay ruido mas que el murmullo del boliche que está a unas cuadras. Ya apagó la luz pero no puede dormir. No es la música, es su cabeza. Esa que no deja de pensar. Y las lágrimas que humedecieron las sábanas. No está triste, o de eso quiere convencerse. Le prometió que iba a cambiar esa carucha y que no iba a dejar de reir nunca. Lo prometió. Se lo prometió a él. Recuerda sus ojos y su mirada como si los tuviera enfrente. Ruega no olvidarlos nunca aunque sabe que no lo va a hacer. Porque lo quiere. Lo quiere porque le enseñó a querer desde el fondo del alma.