Detrás del mostrador y bajo un sombrero negro de copa se esconde, tímida, una mujer. Ella no parece maravillarse del paisaje, será que nació entre esos árboles y que esas montañas la vieron crecer, vivir y envejecer.
Paciente, la mujer espera que algún auto se asome por la curva y luego que se detenga a comprarle alguna fruta. Nadie para, pero ella sigue ahí tranquila como todas las mañanas. Paciente, con paz en sus ojos y tranquilidad en sus movimientos. Quieta. Mastica coca. Mueve los ojos. Y cada tanto habla para si misma por lo bajo.
Su tez es oscura casi del color de la tierra, sus ojos negros como su pelo. Lleva dos trenzas que nacen atrás de sus orejas y sobrepasan la linea de sus caderas. Debe tener dos o tres capas de enaguas más la pollera de rojo intenso y textura suave a la vista, de tela pesada. No hace nada de frío pero ella lleva unas medias azules de lana hasta los tobillos y sandalias en los pies. Tiene una camisa puesta y dos abrigos de lana. A penas se le ven porque en sus hombros cuelga una manta colorida que le cruza el torso y sostiene a un niño en su espalda. El bebé a penas puede verse y me pregunto cómo es que no se asfixia. Imagino que eso no pasa.
Su casa es la más cercana a la ruta, tras ella se esconden no mucho más de diez o quince casitas. Siempre pequeñas. En la pared de la suya se ve el nombre de un político que se postuló en las últimas elecciones presidenciales. Su apellido ocupa toda la pared del largo de la casa. Lo ví desde muy lejos. La incómoda paradoja me hace pensar cuán cercanos serán los proyectos políticos de este hombre de lo que puedan necesitar o no estas familias.
La mujer tiene una mirada serena pero triste. Aunque no lo está. Quizás solo esté cansada. Le compro dos frutas por un sol.
La mujer tiene una mirada serena pero triste. Aunque no lo está. Quizás solo esté cansada. Le compro dos frutas por un sol.
- Cómpreme señorita, llévese dos
- No tengo mucho dinero
Me sonríe. Y enseguida empiezo a preguntarle de ella. Me cuenta. Me invita a su casa. Me muestra las cabras, las llamas, me lleva a conocer a sus hijos grandes y a sus nietos y a sus vecinos. No llegan a ser un pueblo pero sí una gran familia.
Ninguno sabe muy bien quién es el señor del nombre en la pared. Me quedo pensando si el señor del nombre en la pared sabe quién es ella y quién es esa gran familia.
Ninguno sabe muy bien quién es el señor del nombre en la pared. Me quedo pensando si el señor del nombre en la pared sabe quién es ella y quién es esa gran familia.
Nos saludamos con dos besos y un hasta pronto, me regala un te de coca y una fruta.
Y yo me voy, de vuelta por esa ruta insolente habiendo recibido mucho más de lo que dí.
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