Andrés es un tipo correcto. Clásico. Serio. Contenido. Casi no habla, a penas se relaciona con gente, lo justo y necesario. Un tipo de pocas palabras. Tiene rulos y pelo largo, se lo ata en una colita en la parte de atrás de su cabeza para aplacar el volumen de la melena.
Tiene una familia grande y viven aún todos juntos. Mamá, papá, seis hermanos. Todos populares, habladores, super divertidos, extrovertidos...todo eso para él por demás. Ni en su familia se relaciona mucho, la mayoría del tiempo incluso no se siente parte de ella. Sus viejos tienen buena plata, pero él no la quiere. Él trabaja, a diferencia de casi todos sus hermanos, y eso que muchos ya estarían en edad de hacerlo.
Su mamá es rubia, flaca y está operada (tetas, pómulos, nariz y una lipo). Tienen empleada, cocinera y de chicos tenían niñera. Su papá es atlético, tiene otra mujer y en el verano usa sunga. Él hubiera querido una mamá gorda y culona que le hiciera ravioles caseros y le leyera cuentos a la noche, un padre enamorado de la culona que fuera a asaltarla y llenarla de besos mientras ella hacía la salsa para los ravioles. Pero no.
Andrés tiene 26 años. Estudió, trabaja, gana unos pesos escribiendo para una revista de rock, pero todavía no lo suficiente como para vivir solo. Gasta mucho en libros, cds y teatro. Va solo al teatro. A veces con una amiga. Tiene una amiga especial: van al cine, van al teatro, se juntan a escuchar música y fumar porro, tienen sexo y van a comer pizza sentados en el cordón de la vereda de alguna calle oscura. Ella tampoco quiere hablar mucho y eso le gusta, la quiere, igual son amigos. Comparten la vida y se dan un poco de cariño.
Al rededor de las diez de la noche Andrés vuelve a su casa. Cuando lo hace siempre es escuchando música de su celular. Entra al edificio aún con los auriculares con volúmen muy alto. En la calle y en público se limita a mover la cabeza, algún pie o mano al ritmo de la música. Espera el ascensor solo y canta un poco.
Llega el ascensor. Amplio y cubierto de espejos en su totalidad, exceptuando el piso. Tiene puertas manuales a pesar de ser un edificio bastante lujoso. Se sube y siempre pone el mismo tema. Como cierre del día, piensa, para quedarse con un gusto bueno en los oídos.
Pone Charly. Canta. Canta mal, pero grita como si no lo supiera. No se escucha a sí mismo es que su música está muy fuerte.
No voy en tren, voy en avión. No necesito a nadie, a nadie alrededor. No voy en tren, voy en avión. No necesito a nadie, a nadie alrededor. Porque no hay nadie que mi piel resista, porque no hay nadie que yo quiera ver. No veo televisión ni las revistas.
La vecina del sexto que siempre cocina a esa hora lo escucha. Su cocina está pegada al ascensor y quizás sea la única vecina atenta. Ya sabe que Andrés está llegando, no lo conoce, solamente conoce sus gritos. Ahí viene Charly, dice siempre, aunque no tenga a quién decírselo. Y canta un poco con él. Era fanática en su adolescencia y le da cierto cariño y nostalgia ese momento del día. Lo agradece cantando un poco.
No voy en tren, voy en avión. No necesito a nadie, a nadie alrededor. No voy en tren, voy en avión. Cuando era chico nunca fui muy listo. Tocaba el piano como un animal.
Andrés se descontrola, gesticula, se despeina, grita, se desalinea, toca una guitarra imaginaria, descarga, saca todo en ese casi minuto que demora en llegar el ascensor a su piso.
El ascensor habla y dice "piso diecinueve" en un tono tan poco humano que no deja de perturbar a Andrés y diariamente se pregunta cuál es la necesidad. Para entonces ya dejó de cantar y bajó el volumen. Se peina, se emprolija para volver a ser él, listo para volver a contener.
Con las llaves en la mano se detiene un poco antes de la puerta del departamento, susurra lo que queda de canción que a penas se oye. Suspira frente a la puerta y escucha ya los gritos de sus hermanas y su vieja. Se resigna, vuelve a suspirar y entra: correcto, serio, callado, contenido.