El joven de traje gritaba. El señor de boina dejó caer su mirada y la señora de pelo largo y blanco tomaba su brazo, conteniéndolo.
No fue mi culpa hijo.
Siempre fue tu culpa viejo, toda la vida. No estuviste atento, mamá te necesitaba y vos te ibas con los muchachos, como si todavía tuvieras veinte años.
El viento soplaba como en ningún lado, ahí en la galería de la casa. Ese viento que hiela los huesos, ese viento que se cuela por todos lados. Las hojas que caían de los árboles se arremolinaban en el piso y el sol tímidamente empezaba a calentar esa triste mañana de otoño.
Ella quería que me fuera.
Y viejo, para tenerte en el sillón mirando televisión o haciéndole reproches prefería no verte. La dejaste morir viejo, la dejaste morir.
No fue mi culpa hijo.
La señora de pelo largo y blanco rodeó amorosamente con sus brazos al señor de boina y clavó sus ojos llenos de dolor en los del jóven de traje. Él se encogió de hombros. Sonó su celular y se apartó para atender. Siguió gritando pero sobre temas laborales mientras caminaba de un lado al otro del jardín.
El señor de boina susurró, como hablando para sí:
Hijo mío, que poco conocés a tu padre.
Y subió el tono para decir:
Helena, amor de mi alma, ¿dónde estás?
Y llorando se desplomó sobre sus rodillas en el piso, dejó caer su bastón y ahí se quedó: llorando y llamando a su Helena mientras su hijo hablaba a unos metros sobre su empresa que está en la ciudad a más de 80 km de este pueblo.
¿Dónde estás Helena mía?¿Dónde?
La mujer de pelo largo y blanco se arrodilló junto a él, acarició su rostro y apoyó la cabeza sobre su hombro.
Acá estoy cielo. A tu lado. Para siempre.
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