Escribo ficción. Por lo tanto los hechos y personajes son ficticios, cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia.

lunes, 5 de marzo de 2012

Angelito de la Guarda

Ángel de la Guarda dulce compañía, gracias por tomar mi mano de noche y de día
Ángel de la Guarda dulce compañía, gracias por tomar mi mano de noche y de día
Eso cantan Marina y Lucía mientras van a la escuela. Marina tiene 5 años y Lucía 6. Ambas llevan delantal blanco y mochila de alguna princesa de disney. Van agarradas de la mano y cantan. Marina tiene dos trencitas que caen sobre sus hombros y Lucía dos colitas a la altura de las orejas. Son tan parecidas que los vecinos se las confunden, tienen el mismo largo de pelo, y son casi de la misma altura por lo que suelen intercambiar la poca ropa que tienen.
Van solas a la escuela porque mamá está en casa con sus otros tres hermanos. Luca y Marcos, un par de gemelos de 6 meses y Andrés de 2 años. No hay padre. En realidad sí lo hay, pero se fue incluso antes de saber del embarazo de los gemelos. Mamá no trabajaba, papá se llevó todo y ellos se quedaron sin nada. O con lo puesto y lo que había en la heladera. Mamá a penas consiguió un subsidio y un poco de ayuda de los antiguos vecinos. Digo antiguos porque ahora viven en uno de los barrios más pobres de Buenos Aires. A eso que le dicen villas miseria. No pudieron seguir pagando el alquiler porque mamá no tenía con qué y el propietario les sacó el cuarto en el que vivían.
Mamá no tiene tiempo para llorar. Solamente algunas lágrimas cuando los chicos duermen la siesta. Cuando siente que el mundo se detiene para poder respirar. Cuando respira piensa que su nuevo barrio no le gusta. Tiene miedo por sus hijos. Peros se consuela pensando que es mejor que vivir en la calle. Por lo menos tienen un techo y con lo del subsidio consigue comida y pañales. Le duele no poder acompañar a  las nenas a la escuela, pero no puede dejar a los chicos solos, ni tiene confianza en los nuevos vecinos.
A mitad de camino entre la escuela y su nueva casa vive Mauro y su hermano Esteban, por allí pasan las nenas en su recorrido. Alguien golpea la puerta del cuarto de los hermanos y pide por Esteban. Cruzan a penas unas palabras y el pibe recibe una bolsita con marihuana. Al rato viene un chico de 10 años a pedirles poxi, se lo dan por unos pocos pesos y el chico se va aspirando de la bolsa. Esteban y Mauro son los encargados de vender marihuana, paco, poxi y otras drogas en la zona de 20 cuadras a la redonda.
Mamá les enseñó a las nenas el camino a la escuela. Ellas se guían por los colores de las casas, los carteles. Mamá les pidió que vayan de la mano, que no se suelten y que cuiden una de la otra. Ellas lo prometieron. Les enseñó algunas canciones y también les dijo que canten todo el camino. Que no dejen de cantar, que no miren a nadie, ni hablen con nadie.
La policía estipuló para hoy un operativo para desmantelar a algunos cabecillas de la venta de drogas. Mauro y Esteban son el primer blanco del día. Cinco hombres se visten de civil y se meten por los callejones del barrio. Al llegar al lugar y se detuvieron media cuadra antes de la puerta de los pibes. Solo alcanzaron quince minutos de observación para ver como entraba y salía gente de la casilla. Sin reparo alguna vez se hizo el intercambio en la puerta. Tranquilos porque estaban arreglados con los policías de la zona.
El camino a la escuela son quince cuadras. Media hora en la que mamá tiene el corazón en la boca. Pasada la media hora mamá se gasta una moneda en el teléfono público del quiosco para llamar a la escuela y confirmar que las nenas llegaron. Siempre suspira aliviada.
Las nenas se fueron cantando a la hora de siempre. Mamá las miró desde la puerta hasta que doblaron la esquina. Siente que al hacer eso las protege un rato más.
Mauro y Esteban siempre van armados, incluso dentro de la pieza. Por si acaso. Tal vez viene algún deudor. O algún chorro. No pregunten cómo consiguieron las armas. Es otro tema. También tienen todo semi empacado, están preparados para salir corriendo si hiciera falta.

Ángel de la Guarda dulce compañía, gracias por tomar mi mano de noche y de día
Ángel de la Guarda dulce compañía, gracias por tomar mi mano de noche y de día

Dos oficiales avanzan hacia la puerta y los otros tres se quedan en la calle. Los dos primeros miran entre las chapas y ven que los cabecillas están adentro contando dinero y guardándolo en un bolso. Sacan sus armas y uno de ellos patea la puerta. No se muevan, policía, están detenidos.
Los hermanos ni se miran. Ya tenían estudiada la ruta de escape. Mauro sube por las escaleras y Esteban se trepa por una ventana, ambos llegaron al primer piso de su casa que estaba en construcción. Desde allí saltan a la calle. Uno de los oficiales que está en la calle dispara la primera bala. Esteban responde. Los oficiales los persiguen. Y empieza el tiroteo.
Marina quiere cantar un poco sola. Ángel de la Guarda dulce compañía, gracias por tomar mi mano de noche y de día. Mientras Marina canta doblan a la esquina donde ya no hay nadie más que Mauro, Esteban y los oficiales. El resto de los civiles se ha escondido. Alguien las ve desde una ventana y les grita que se aparten. Las nenas miran para arriba y no ven venir las balas. Dos cuerpos pequeños, que hubieran sido dos blancos difíciles hoy resultaron ser el blanco equivocado.
Mamá tiene un mal pálpito. Escucha los tiros y se paraliza. Piensa en sus nenas. Pero se distrae con los gemelos que no paraban de llorar. Veinte minutos después del primer disparo, la vecina de al lado golpea la puerta y la abre antes de recibir contestación. Agarra a mamá del brazo y se la lleva corriendo. Le cuenta en el camino y Mamá de nuevo no tiene tiempo para llorar. Hasta que las ve. Tiradas sobre la calle de tierra, con el delantal rojo de la sangre. Marina y Lucía estaban tomadas de la mano, le prometieron que no se soltarían y no lo hicieron. Nadie las había tocado. Las pocas personas que se animaron a acercarse estaban esperando a la ambulancia. Pocas personas. Esteban y Mauro escaparon. Tres oficiales fueron detrás de ellos y dos se quedaron para calmar los ánimos, pedir refuerzos y esperar la ambulancia.
Mamá se tiró al piso y las tomó en brazos como cuando eran bebés. Las hamacó como hace seis años, pero ahora ya no sentía sus respiraciones en el cuello. Su llanto se confundía con gritos. Gritos que partían el aire. A media cuadra, el pibe que compró poxi miraba la escena. Quizás no entienda. Algunas cabezas se asomaban por las ventanas con miedo a acercarse. Hay mucho miedo acá. Quizás nadie entienda o no quieran entender. Mamá sigue llorando o gritando y todavía no se escucha la ambulancia. Que a estos lugares a veces no viene.

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