Un señor de 78 años espera el único colectivo que circula por el pueblo: El 1. Es la hora de la siesta y no hay nadie en la calle. No tanto por la siesta sino por el calor. El verano en este pueblo se siente y de verdad. El señor se está malhumorando. El circuito del 1 es muy corto como para demore tanto y el señor no puede caminar más de una cuadra porque el calor lo descompensa. Se seca la transpiración de la frente con su pañuelo de tela.
El señor no tiene familia, cerca por lo menos. Es viudo hace dos años: su esposa murió luego de una operación de cadera y sus dos hijas viven en la ciudad. Ahí operaron a su mujer. Después de su muerte las hijas le pidieron al señor que se quedara, pero el señor no quiso. No le gusta la ciudad. Dice que nació para vivir en el pueblo.
Aunque seguro que en la ciudad el colectivo no tardaría tanto.
El señor se apoya en la pared porque ya está cansado. Han pasado 30 minutos ya. El lugar a donde se dirige queda a cinco cuadras nada más. Se enoja y empieza a caminar. A las dos cuadras aminora la velocidad de la caminata hasta que se detiene. Mira para todos lados. Sus ojos piden ayuda. Pero las calles están desiertas. El calor. Pesa el calor. Y el señor se apoya contra la pared y se desliza hasta quedar sentado en la vereda. Se desabrocha la camisa y se ve la camiseta húmeda de la transpiración. El pañuelo de tela ya no le sirve, está casi más mojado que su cara.
Ahora le cuesta respirar. Se siente ruido que viene de la cuadra de enfrente. Es una señora que se asoma a la ventana para cerrar la persiana. El señor intenta llamarla. María ayúdeme. Pero la señora no lo escucha y cierra la persiana.
El señor llora porque nadie lo escucha y tiene miedo. Le tiene miedo a la muerte.
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