Otra vez la línea A. Es que parece haber tantas historias como no las hay en otro lado. La chica está colgada del pasamanos en medio de toda la gente que vuelve a sus casa desde el centro a las 6 de la tarde, ya pueden imaginarlo. La chica está desalineada: su pelo está o intenta estar sujetado en una colita toda deshecha. El delineado negro que marcaban sus ojos está todo corrido. La chica tiene la mirada perdida, tiene tantas cosas para mirar a su alrededor pero no mira nada. Respira despacio ese poco aire que la separa de los demás pasajeros. Tiene unos labios muy rojos y gruesos. Se pasa la mano y se aprieta la boca. Tiene los dedos desgarbados, manos flacas y largas, una piel transparente que deja ver sus venas. Es que es muy flaca. Pálida. Esos labios rojos y gruesos se aprietan con fuerza como para contener una lágrima que empieza a correr por su cara. Se tapa los ojos, como con vergüenza. Aunque no creo que le importe mucho lo que piensen los demás. Llora. La chica llora en silencio. Se saca la mano de su cara y se seca las lágrimas en el remerón que tiene puesto. Cierra los ojos y respira profundo. Relaja la frente y entonces las líneas de expresión desaparecen aunque siga llorando.
Sigue subiendo gente al vagón. Y empujan. Y no importa. Que la chica llore. Que se caiga el mundo. Que su vida sea un desastre, no importa. Porque ellos quieren subir al vagón. Y empujan. La chica se mantiene abtracta todavía. Es que a ella tampoco le importa. Que empujen, su cabeza está en otro lado. Solamente su cuerpo y sus lágrimas están ahí. Entonces abre los ojos. Y encuentra otros ojos, casi al otro lado del vagón que la miran. Son los míos, la miro entre la gente. Le sonrío. Tarda unos segundos pero me devuelve la sonrisa y se seca las lágrimas. No sé si para siempre, pero al menos por un rato ya no llora.
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