Es como una película. Pensemoslo así.
Con un primer plano a su cara en el espejo de un baño que ahora, en ese plano, no se ve pero es chiquito, antiguo, con cerámicas verdes y techo alto, grifería vieja, un poco oxidada. El espejo ese donde se refleja su rostro es grande. Pero ahora solo se ve su cara, sus ojos mirarse, analizarse, imaginarse como ella o como un poco más de ella.
El primer plano se abre y deja ver como se desviste para entrar a la ducha. El agua está corriendo, pero a ella no le preocupa el mundo de sus nietos, entonces no se apura. Se mira otra vez, ahora desnuda. Inclina la cabeza a la derecha. Vuelve. Se mete a la ducha y cierra la cortina, como cerró la puerta aunque está sola.
Se moja sus rulos y se aplasta el pelo contra la cabeza mientras el agua de a poco lo empapa, como al resto de su cuerpo. Tiene ojos y labios grandes, a la cámara le gustan. Nariz pequeña, es muy blanca y pecosa y pelirroja y flaca y de piernas largas. La cámara las toma mientras ella les pasa jabón y el agua corre.
Su mente es infinita.
Piensa infinitamente. Mucho.
Se acuerda que hace unos días que no piensa en él. La alegra, hasta que se acuerda de lo que no pensaba hace rato. Y la cámara enfoca de cerca esos ojos que estaban vacíos y ahora se llenan de dolor.
Hay música de fondo para esta escena. Es una bandita indie-pop que al matizarla con estos pensamientos parece un poco melancólica, casi deprimente. No queda mal, pienso, digo. Hay letra en inglés, que ella susurra por momentos gracias a esos grandes labios rojos, que ahora están cortajeados del frío. Del frío y no de los besos, porque no tiene quién se los de.
La cámara ahora está concentrada en sus manos de dedos largos y uñas cortas y mal arregladas, qué hacen y qué no. Cierran las canillas. Abren la cortina. Estrujan los rulos colorados. Toman la toalla y secan la cara, ahí la atención se distrae en esos ojos profundos sin brillo, sin luz. Porque se los han robado. No sabemos quién.
Así, desnuda, bajo la toalla y medio mojada vuelve al cuarto. Mira al pasar la ventana y tras ella, el atardecer, pero uno de esos buenos. Sube la música para que aplaste los pensamientos y se atrinchera en una esquina de la cama para ver el sol ponerse entre un montón de nubes y ella entre un montón de almohadones.
La música no para. Sube. Y más deprime, aunque se pudiera bailar, hoy deprime.
El atardecer parece eterno, mientras ella de a poco deja de pensar y su inconsciente luchar por salir a golpear esos resabios de tristeza. Esos que la cámara no puede captar sino en sus ojos, que empiezan a cerrarse sin esfuerzo, sin oposición, esperando despertar mañana a ver si pueden, algún día de estos, volver a brillar.
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