Subterráneo, línea A. Está sentado enfrente mio. Siento que lo conozco incluso me sostiene la mirada, quizás él también me conoce. ¿De otra vida? Tiene sobre sus piernas una carpeta con hojas. Les da una hojeada y puedo ver que son de distintas personas, quizás son exámenes, o tareas. Es profesor entonces. Se dispone a leer el primer examen, pongamosle, que tiene en su carpeta. Error: tiene puestos los anteojos de lejos, hace un esfuerzo por no tirar las hojas, por encontrar el estuche de los anteojos de cerca y por no pegarle al señor que está sentado a su lado. Finalmente encuentra los anteojos de cerca y hace el cambio. Entonces, lee. Al rato parece se cansarse de la lectura y vuelve a guardar el examen en la carpeta. Sigo sintiendo que de alguna forma lo conozco. El hombre tendrá 56 años, pero su aspecto lo hace parecer mayor. Tiene el pelo completamente blanco, a penas largo, enrulado y despeinado. Tiene una campera de un azul marino, suelta, con muchos bolsillos. Uno de ellos guardaba el estuche de los anteojos de cerca que tanto trabajo le costó encontrar…Tiene unos jeans claros, clásicos y gastados, zapatos acordonados negros, gastados también. Retro, vintage quizás parece un volver al futuro. Pareciera un profesor de letras, quizás, o filosofía, o cine, o historia.
Es de esas personas que pueden sentarse en el vagón de un subte y abstraerse, independizarse del resto de los pasajeros. De mi incluso. Guarda entonces el examen en la carpeta, mira a ningún lugar a través de la ventana. Puedo ver la mirada perdida a través de sus anteojos de cerca que aún lleva puestos. A continuación como si entendiera lo melancólico que me resulta su mirar cierra los ojos y se deja acariciar por el viento del subte. Y piensa en mí,
sería una buena alumna. Ojeras y pelo despeinado, campera gris y jean: ropa sencilla con estilo. De alguna forma, no le importa, es segura, siente que tiene más para dar que una imagen. Probablemente en su colegio o escuela fue rotulada, sí, como todos. Profesores bien intencionados pero errados, compañeros, familia. Si conozco de eso. Debe tener 21 años, saca unos apuntes de su mochila, está en la facultad, proceso de desenrotulamiento. No, no existe esa palabra, odio corregirme. Eso. Podría ponerle un nombre y hacer de ella un personaje. Luciana. Andrea. María. Paulina. Alguno de esos.
Es de esas personas que captan la atención. O quizás solo a mí. Quiero hablarle y decirle que quiero ser su alumna. Mientras cierra los ojos me da la oportunidad de seguir observándolo sin disimulo, me desespero por aprovechar esos segundos y captar todo aquello que pueda. No tiene alianza, pero sí una discreta marca de que ha existido. Imagino que es viudo, intuyo que hace tiempo, por el desmejoro de su apariencia. No, claro, no debe existir esa palabra. Si fuera mi profesor, ya me hubiera corregido. Estación Loria, si sigo así me voy a pasar de estación. 2 minutos. Pienso que quizás se baja en mi parada y podemos compartir aunque sea unos metros de caminata y sea el inicio de una hermosa conversación. Ojalá. 2 minutos y sigo observando. El hombre vuelve a abrir los ojos, eso me intimida un poco y me obliga a disimular. Estación Castro Barros, miro por la misma ventana que miraba él a ningún lado hace unos minutos, sólo que ahora me lamento por el fin de mi recorrido. Espero a ver que mi ilusión se concrete y que el profesor se levante. Sin embargo no veo intención, amague o gesto alguno que me pueda indicar que eso va a suceder. En mi loco e impulsivo consiente se interpone la idea de seguir en el recorrido para disfrutar de su lejana compañía. Sí, sería capaz de continuar hasta la última estación si existiera la remota posibilidad de que el profesor me invite a un café...El tren se detiene, el freno me despierta de mis pensamientos y miro por última vez a través de esa ventana. Bajo del tren y de la fantasía.
Tiene esos ojos que cuesta leer. Tienen un tenue brillo que aseguro que alguna vez fue grande y le dio ángel a Paulina. Creo que tiene mucho que decir, quizás ni ella lo sepa. Mis clases la ayudarían. Probablemente podría ayudar a recuperar esa luz de sus ojos, me entristece. Corazón roto, familia no sencilla, cuántas cosas más, un sistema que la hace sentir presa. Me gustaría ayudarla. No me vuelve a mirar. Quiero hablar con ella y comprender qué es aquello que le pesa a esos bellos ojos y a ese alma. Me malinterpretaría. ¿Un café?... Estación Castro Barros. No, ¿a dónde va? Se baja. . Se levanta apurada como si no llevara registro del recorrido, despistada. Toma la precaución de, antes de bajar del vagón, dirigirme una última mirada; tímida, pero firme como si me conociera o como si quisiera decirme algo. ¿Otra vida nos vivió juntos? Se baja con el tren todavía en movimiento y la sigo mirando pero ella ya no me devuelve sus ojos. Pienso en bajarme y seguirla, pero el tiempo me pisa los pensamientos, suena el timbre del subte, Paulina se pierde entre los demás pasajeros y mi tren vuelve a andar…
¡Me gusto mucho ! La forma sútil en la que describiste las historias que se impregnan en la mirada de los transeuntes, las psiques en las que parecemos penetrar, en las que nos identificamos, la linea A ciertamente se presta para ello. El texto esta muy bien estructurado y es interesante. Y hasta aquí llegó mi crítica porque no tengo ni la experiencia ni el conocimiento necesario como para hacer una .Ja. Hasta el próximo texto !
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