Está acurrucada en una esquina del salón con un bolso que pesa más que ella, seguro. Ya está vestida, cebolla, con muchas capas…por si le da calor a ese minúsculo cuerpo. Hoy predomina el rosa, a veces el negro y el gris, hoy el rosa. Tiene un rodete tirante y perfecto que se ajusta en la parte alta de la cabeza. Prolija. Se venda los dedos de los pies con una rapidez que asombra. Busca en su bolso y revuelve como si tuviera una profundidad inimaginable, como el bolso de Mary Poppins. Saca una, saca dos zapatillas de clase, rosas, con cintas también rosas. Pone sus huesudos pies dentro de ellas, ata las cintas a sus tobillos, siempre prolija, tranquila y eficiente. Está callada. Porque no hay nadie. Se para y se acerca al espejo, se mira de cerca, acomoda su ropa y su pelo aunque todo estaba en su lugar. Cruza el salón para ir a la otra esquina donde hay una caja con resina. Se pone resina en las zapatillas y se para en puntas por primera vez. Pero a modo de prueba. Todavía no baila. O si. Camina derecha, despacio, separando el aire con suavidad y armonía. Si es que se puede separar el aire con armonía, ella lo hace. Ya se puso resina. Va al centro del salón. Se para en primera y cierra los ojos, respira y se coloca en eje. Siente cada centímetro de su cuerpo. Mueve su cabeza en círculos aún con los ojos cerrados. Y como si con el aire le alcanzara para empujarse se para en la punta de los dedos y gira mil veces, luego salta, camina y vuelve a girar. Mueve sus brazos y sus piernas como si le fuera natural. Parece no pesar nada. Parece sencillo pero empieza a sudar y sin dejar de moverse se va sacando esas capas de ropa. Es un ave. Bella. Ese aire que la toca la quiere, la ama. Se cansa y a veces se equivoca porque aunque lo olvidemos por momentos ella es mortal. Sonríe. Tiene gracia y ángel. Su cuerpo es de goma, aunque firme, se ve cada fibra de sus músculos y en ellos todo su esfuerzo. Es sensual sin quererlo. Cuenta una historia con sus movimientos, con su sonrisa y sus ojos. Controla todo. Su cuerpo la oye y le obedece, su cuerpo también la quiere.
Se empiezan a escuchar risas y voces. Se abre bruscamente la puerta del salón y a pesar de que está acostumbrada a eso, se sobresalta y deja de bailar. Se pone de nuevo toda la ropa que fue sacándose y se acurruca en su rincón. Nadie parece verla. Todos dejan sus bolsos y se acomodan en la barra. Ella está primera. La profesora prende la música y empieza a indicar movimientos. Mientras lo hace se acerca al inicio de la barra y le pasa la mano por la cara, secándole la transpiración y mimándola, la mira con ternura. No la vio, pero sabe que estuvo ahí. Prolija, primera, antes que nadie. Bella.
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